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A vos que naciste en el

H ay que explicárselo al pibe, a ese que nació en el ‘86. O por ahí nomás, un año antes, un año después. Bueno, no es tan pibe. ¿Tendrá 24, 25, 26 años? Hay que contarle cómo fue aquella vez.

Como siempre, se jugaba al fútbol en la calle. Con el Mundial del ‘86 en el medio, la mayoría de los nenes hacían un pacto: nadie era Maradona. Si no, era robo. Y a veces se terminaban peleando antes y no había picado. Todo porque había algunos que querían ser Maradona.Y en las casas las escenas se repetían.Los padres compraban las sillas de pana verde, de puro pino que aún existen. Para que las visitas estén cómodas. Las madres hacían las compras para tener todo listo. Se venían los partidos y venían los tíos, los abuelos, todos.

Eran tiempos de democracia nuevita y todo costaba. Las tardes tenían un sol apenas tibio en el invierno y las plazas se ponían hasta los moños: ahí se reunía la gente. Eran épocas de tele a color, sí, pero sin HD. En aquel junio de 1986 comenzó un camino a ese inevitable amor por Diego. ¡Quién no lo quería!Desde ese mes, muchas vidas cambiaron. Muchos nunca volvieron a ser lo que eran.

Sin Maradona, muchos hubiesen sido más ordinarios. Con él, con ese junio de 1986, todos tuvieron algo de demencia, porque la demencia de Diego es única. Y así pasaban los días. Pasaban los goles a Corea. Estalló el grito desesperado que hizo tirar las frazadas a los costados con el golazo de Diego a Italia.

Y, después, cuando se veía que la cosa venía en serio allá en México,los asados se masificaban. El tele no se escuchaba; lo tapaban los gritos.Faltaban tres partidos, peroya todos se veían campeones. Era el partido conInglaterra. El gol de la mano hizo dudar.Pero el segundo, uff. No hay manera de explicar con palabras lo que fue ese gol.Vale una pintura. En una casa de Argüello todo se vino a pique. Hay dos imágenes: el tele temblando y empañado, salpicado con vino, con agua. Y, la otra, uno de esos hombres que jamás pierde la línea dando saltos en la silla nueva, una de esas de pana verde recién comprada. Ante estas circunstancias, incuantificables y de cualidades románticamente melosas, todos rompieron las reglas. Era Diego el que hacía de su magia una obra de arte. Era él el que les decía a los argentinos: "Animate, vos también podés". Desde ese entonces, todos quieren ser algo o ser alguien a su manera. Después de Inglaterra ya se sabía, venía Bélgica. Y después, la final. La final... qué final. El Tata Brown y el cabezazo. La armada alemana infranqueable. La corrida de Valdano. La de Burru tras aquel pase de Diego. Y la Copa que levantamos.

después. Los peronistas y los radicales, que no se hablaban, volvieron a hacerlo. Gracias al fútbol. Las viejas chochas saludándose por una semana con amor. El verdulero, el panadero, el carnicero... ¡Cuánta alegría! Qué lejos que quedó todo aquello.

Y después pasó lo que pasó. Y el pibe que nació en el ‘86 o por ahí lo entiende. En el ‘90 y en el ‘94, cuando las lágrimas de Diego bajaban desde sus pupilas hasta caer en las mejillas de millones. La patada en la frente contra Holanda en el ‘98. La humillación del 2002 y los penales contra los alemanes en el 2006. Todo eso que pasó en tanto camino recorrido se coronó con la trompada al mentón de ayer. Cuando ese mismo Diego, el que ya no corre, el que aún sufre, acercó a la gente a otro sueño que también se lo comió la historia.

En ese ‘86, un Renault 12 Breck verde andaba por todo Argüello, como en cualquier lugar del país, y todos terminaron la noche amontonados en el arco de Córdoba.

Maradona era Argentina. No hay más nada que decir de aquel junio de 1986, que ya parece de la prehistoria. Ya está, ayer nos patearon el asado otra vez los alemanes. La Copa... seguimos sin la Copa. El pibe seguro que lo entiende.

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