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Día Mundial

Una vida de barras en Pretoria

El periodista Vicente Panetta, de la agencia AP, cuenta una jornada de los barras argentinos en una escuela de Pretoria. Otra mirada a un problema bien nuestro.

Huevos revueltos, carne, ensaladas y otras delicias culinarias servidas en bandeja al típico estilo hotelero. Los agasajados son un grupo de hinchas violentos de Argentina que se hospedan en una escuela pública convertida en su propio búnker durante el Mundial de Sudáfrica.

Los “barras bravas” (hinchas violentos) prometieron portarse bien, pintar la escuela y hacer otros trabajos comunitarios, en demostración de que llegaron a Pretoria en son de paz y sólo para alentar a la selección argentina concentrada en la misma ciudad para la Copa del Mundo.

“Estamos atendidos como reyes”, dijo uno de esos hinchas enfundado en una camiseta del club Platense en la escuela pública Christian Progressive College, en el corazón de Pretoria, sobre una popular avenida en la que menudean vendedores de frutas con sus puestos callejeros.

Cuando ese hincha iba a seguir hablando, otro lo interrumpió. “Fuera, fuera, no queremos hablar de nada”.

Ambos barras bravas, quienes ocupaban una mesa en el centro de un salón junto con otra decena de hinchas, rehusaron dar su nombre. Ni siquiera sus apodos.

El ambiente se fue haciendo cada vez más tenso, hasta que apareció Masego, cocinera y camarera a la vez que se identificó sólo por su nombre, acunando una bandeja como si fuese un bebé, con pollo, frutas y algo de patatas.

“Son todos buenos y educados”, dijo Masego, de 28 años, con su pelo negro ensortijado y una sonrisa que dejaba lucir sus dientes blancos. “Comen, ven televisión, cantan, se divierten, hacen una vida normal”.

La mesa del desayuno, desplegada en un salón donde los niños suelen estar de recreo en épocas escolares, estaba ocupada por una decena de hinchas. Sobre una de las paredes blancas lucía un gigantesco televisor apagado, mientras que banderas con los colores de unos 50 clubes de Argentina, entre ellos varios importantes como Independiente y Vélez (también los de Belgrano, Talleres, Instituto y Racing de Córdoba), se descolgaban por los alrededores del lugar. Una cinta albiceleste forraba las paredes del interior del edificio.

Más datos. En total, viven por ahora unos 60 hinchas en esa escuela de dos pisos y se espera que en los próximas días esa cifra trepe a más del doble. Esos barras bravas forman parte de la denominada Hinchadas Unidas Argentinas (HUA), 10 de cuyos integrantes fueron retenidos el domingo al llegar a Johannesburgo y deportados el lunes, y cuyo líder Marcelo Mallo aterrizaría el jueves en Sudáfrica.

Mallo no es barra brava y sus aspiraciones son crecer en la política de la mano de ellos, según dijo en una reciente entrevista en Buenos Aires. Su objetivo sería utilizarlos como “conductores sociales” y hasta fiscales en las próximas elecciones presidenciales del 2011, en la que apoyaría la reelección del ex mandatario Néstor Kirchner, esposo de la actual jefa de estado Cristina Fernández. Las barras bravas ejercen un fuerte poder en sus clubes, donde suelen controlar sus bares, restaurantes, zonas de estacionamiento y la venta ilegal de vestimenta y boletos para los partidos.

Entre los deportados se encuentran el líder de la barra brava de Rosario Central, Andrés Pillín Bracamonte, quien pudo viajar a Sudáfrica porque ya superó una imputación por tentativa de homicidio.

También fue deportado Pablo Bebote Álvarez, jefe de la barra de Independiente y uno de los líderes de HUA. Las autoridades argentinas dijeron en Buenos Aires que no pueden impedir la salida del país de ninguna persona sin una orden judicial. El viaje de barras bravas en Sudáfrica generó polémica en Argentina porque informes de prensa los vinculan con el gobierno de la presidenta Fernández y por el origen de los fondos que solventan sus gastos durante el Mundial.

Hasta el técnico de Argentina, Diego Maradona, negó tajantemente versiones que lo involucraban apoyando a los violentos.

Cada uno de esos hinchas necesitaría unos 8 mil dólares para su estadía en Sudáfrica, incluyendo el pasaje en avión y unos 11 dólares diarios en la escuela, en la que duermen en sus aulas acondicionadas con camas y colchones y en las cuales también hay televisores.

Ellos bien. “¿La están pasando bien?”, preguntó AP a esos hinchas en la escuela, como para tratar otra vez de romper el hielo. “Está todo bien hermano, pero te dije que te vayas”, contestó otro hincha, a punto de perder la paciencia ante lo que ellos consideraban una visita indeseada de la prensa. “¿Para qué vamos a hablar si luego escriben lo que quieren?”, agregó con mirada desafiante. Esos hinchas, según dijeron ellos mismos, habían rechazado poco antes la presencia de varios medios argentinos e internacionales.

Pero la AP tuvo acceso acompañada por el inspector Fisher Makubela, un encargado de la seguridad de Pretoria y quien cayó como un ángel del cielo cuando se le requirió la dirección de esa escuela cuando estaba a la vera de una ruta con su camioneta policial detenida.

La camioneta policial arrancó, enfiló hacia la escuela, y de la mano de Makubela se hizo tan sencillo entrar como salir.

“Por ahora ninguno de ellos causó problemas”, dijo Makubela, de 48 años, mientras miraba a los hinchas que terminaban su desayuno.

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