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Ocio

Una celebración extrema

La gente del norte del país lo sabe desde siempre, pero para el resto de los argentinos recién en los últimos años el carnaval jujeño empezó a hacerse conocido. Y honestamente, todo lo que se dice sobre esta festividad es cierto: son días de inmensa alegría con varias características difíciles de igualar en otras fiestas paganas.

Por ejemplo, el valor cultural y ancestral que tiene, porque en definitiva es una sentida ofrenda a la Pacha Mama, la madre Tierra, por todo lo que otorgó a lo largo del año. Esto, sin embargo, convive con la creciente explotación turística de la celebración que mezcla en las comparsas a lugareños con hippies, porteños que quieren sobresalir en la manada, europeos abiertos a la experiencia latina y otros que se prenden porque parte de la ofrenda es convidar alcohol a raudales.

Sin embargo, al menos en Tilcara, todo se vive en una euforia permanente que no llega a la violencia. Prácticamente no hay policías, y en cuanto algunos de los muchachos se empiezan “a desconocer”, el resto separa y frena el conflicto al instante.

Además, como dice la canción de Serrat, “el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha”. Como buena fiesta popular auténtica, cualquiera es bienvenido, y ricos y pobres festejan juntos y por igual.

Por último, si no quiere participar, la única que queda es no ir, porque en el carnaval jujeño se puede ser absolutamente de todo menos espectador. Un talcazo por aquí, nieve loca en el pelo, unos tragos y a sacar el diablo del cuerpo, se ha dicho.

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