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Copa América 2011

Todos somos Perú

Fueron locales. Los hinchas de Perú inundaron el Kempes. Vivieron una tarde feliz y emotiva. La mayoría vive en Córdoba.

El Rafa está sentadito en la platea del Kempes. Todavía el partido no arranca. Labura de guardia de seguridad en una empresa. Pero el sábado a la tarde no fue a trabajar. Un compañero le hizo la gamba, porque sucedía algo especial. Su Perú, aquel país que dejó hace ya largos años, se mudaba a Córdoba por 90 minutos. Jugaba su Selección acá. Esa misma que vio allá en Lima muchas veces, cuando era un pibe. Junto a su viejo y a sus hermanos. Son los mismos con los que habló por teléfono horas antes del partido con Colombia. Y con los que compartió un par de lágrimas que viajaron por el tubo.

Él está ahí. Todavía tambaleando por la emoción. Y a su lado hay miles más con historias que también son su historia. De dejar todo e irse. De vivir sin vivir, extrañando cada centímetro de su tierra.

Como los cientos que vinieron a la cancha apretados en el bondi. O el gordo al que se le paró el Peugeot 504 en la Núñez, camino a la cancha, y con una bandera de Perú en el techo. Todos ellos, el Rafa y 20 mil peruanos más, transformaron ayer el Kempes. Le pusieron su color. El rojo y blanco. Y cada avance, cada córner y hasta cuando su equipo ganaba un lateral, el ex Chateau sintió un ruido ensordecedor, como si jugara Belgrano, Talleres o la Gloria. Fueron los mismos que cantaron el himno a los gritos. Al borde del llanto. Claro, no debe haber nada como cantar el himno de tu país en otro país. Se eriza la piel de sólo verlos así. “La emoción es muy grande. En mi país fui a ver a la Selección muchas veces. Pero estar acá es distinto. Lo vivo como si estuviera mi padre junto a mí”, contó Rafa en el entretiempo, cuando el 0-0 les dejaba la sensación a los peruanos que se podía. Que el sueño de llegar a la semifinal de la Copa América no era imposible.

Después, lo sufrieron. Cada tiro en el palo. Cada casi gol de Colombia fue un martirio. Pero, después, llegaron los goles. El triunfo inesperado. Y un festejo eterno. Que se extendió a una noche inolvidable, en barrio Providencia, Alberdi, San Martín y Villa Páez.

El Rafa seguía ahí, cuando todos se habían ido del Kempes a ver Argentina. Se besaba su rosario y tenía los ojos como una laguna. Somos todos Perú.

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