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Córdoba

No culpes (sólo) a la lluvia

Crisis hídrica en Córdoba: un fenómeno con múltiples lecturas.

Achacar a la falta de lluvias toda la culpa por la crisis hídrica que hoy padece buena parte de Córdoba, no solamente sería necio, sino también incorrecto. La falta de agua que soportan decenas de miles de vecinos en nuestra provincia reconoce múltiples causas, que van desde migraciones poblacionales, pasando por fenómenos climáticos, económicos y culturales, hasta gruesas irresponsabilidades de varias administraciones de gobierno. Las bajas precipitaciones registradas este año son una causa efectiva de la sequía reinante, pero también el resultado de la ausencia de políticas públicas que no han sabido, querido o podido congeniar el crecimiento demográfico y económico con el cuidado sustentable del medio ambiente cordobés.

Migración Urbana

Del mismo vaso, beben cada vez más personas. Eso es lo que está sucediendo en muchas ciudades de la provincia, particularmente en las del Gran Córdoba, conglomerado que experimentó una verdadera explosión demográfica en los últimos 20 años, sin que se hayan incrementado las fuentes de agua potable.

Si se cotejan los datos del Censo Nacional de 1991 con los del relevamiento provincial de 2008, la diferencia salta a la vista: en menos de 20 años, la población del Gran Córdoba creció 18,8 por ciento, llegando a rozar 1,8 millón de habitantes. Pero el incremento demográfico es mucho más notable en los distritos que rodean a la capital, como por ejemplo el departamento Colón, que aumentó su población un impresionante 63 por ciento, pasando de 125 mil almas en 1991, a las actuales 205 mil. Aunque en menor media, los departamentos de Punilla y Santa María también muestran crecimientos poblacionales por encima de la media provincial.

“Desde hace 15 años, se observa una migración muy marcada desde Córdoba capital hacia localidades del Gran Córdoba, particularmente el corredor de las Sierras Chicas, con localidades como Río Ceballos, Mendiolaza o Salsipuedes que han duplicado o triplicado su población”, explica Leandro González, demógrafo e investigador del Conicet.

Para el especialista, este fenómeno se produjo sin que existiera ningún criterio de planificación urbana por parte de los municipios y la Provincia, con la consecuente presión sobre las pobres infraestructuras de servicios públicos, particularmente, las de agua potable. “Además, la migración que se observa es de familias jóvenes, todavía muy activas en términos de procreación, lo que seguirá incrementando el peso poblacional de la región”, señala González. 

Medidores reprimidos

Cuando a mediados de la semana pasada la crisis hídrica empezó a ser inocultable, se decidió apuntar al derroche, anunciando la instalación masiva de medidores en toda la geografía de la provincia. Sólo en esta capital, y según el ministro de Obras y Servicios Públicos, Hugo Testa, se colocarán unos 100 mil aparatos para bajar los elevados registros de consumo de la población (según Aguas Cordobesas, un promedio anual de 347 metros cúbicos de agua, por habitante, por día).

Sin embargo, esa misma cantidad de medidores (más otros 52 mil), ya deberían estar funcionando. Es que según consta en el Plan Director de Inversiones que la empresa presentó durante la renegociación del contrato de concesión, a fines de este año ya iba a haber 202 mil frentistas con el consumo controlado.

“No se colocaron porque a nadie le interesa”, explicó Alberto Zapiola, director del Ente Regulador de los Servicios Públicos (Ersep) por la UCR. “Los debía costear la Provincia, pero no lo hizo. Y, como Aguas Cordobesas gana más cobrando por m2 cubierto –como un impuesto–, que por consumo, tampoco se preocupó”, denunció. Según cálculos de la empresa, los usuarios con medidor gastan, en promedio, un 15 por ciento menos de agua. Así, de haberse cumplido el plan de instalación, como había sido prometido, se podría haber ahorrado un importante volumen de agua, la misma que hoy falta.

Obras hídricas: 30 años es mucho

En 2010 se cumplirán tres décadas de la inauguración de la última gran obra hídrica en la provincia. Terminaba el invierno de 1980 y se ponía en funciones la ampliación del dique Cruz del Eje. Desde allí, la población creció un 33 por ciento: de 2.407.754 personas, pasamos a ser 3.221.001. 800 mil cordobeses más, con casi la misma cantidad de agua dulce disponible.

En el medio, quedaron, por ejemplo, los diques de Cuesta Blanca y Las Jarillas, que allá por 1996 encontraron resistencia entre los ambientalistas. “El de Cuesta Blanca podría licitarse mañana”, se lamentó Osvaldo Azar, quien fue asesor de la ex Dipas. Según el especialista, “entre los dos diques tendrían la posibilidad de receptar el 50 por ciento de la capacidad del San Roque”.

Un caso emblemático que por estos días reflotó el propio Juan Schiaretti, es el canal Los Molinos-Córdoba. Construido para transportar ocho metros cúbicos por segundo, hoy traslada menos de la mitad debido al lamentable estado de conservación. “Lo anuncian ahora, pero en la ex Dipas hay una decena de proyectos para la refuncionalización. Nunca nadie tomó la decisión”, explicó Santiago Reyna, autor del Plan de Gestión de los Recursos Hídricos de la Provincia de Córdoba.

Cielo esquivo

Aunque queda claro que la falta de lluvias no fue el único factor, es cierto que el agua “modelo 2009” ha sido muy esquiva. Desde comienzos de año y hasta ayer, la provincia acumulaba un déficit de 316 mm de agua caída.

Según los meteorólogos, detrás de esta escasez está el fenómeno del Niño-Niña, una oscilación climática del océano Pacífico que afecta a casi todo el planeta. La Niña se caracteriza por temperaturas frías y perdurables, que en Córdoba provocan sequías. En tanto, el Niño genera un calentamiento en el océano que ocasiona un incremento de las lluvias para la provincia. “Estamos entrando al Niño”, aseguran.

El "yuyo" que seca

La producción sojera mueve una parte importante de la economía de la provincia, pero el desarrollo desaforado que ha tenido en los últimos años trae consecuencias negativas a nivel ambiental, como la disminución de las masas forestales que regulan el clima.

“Hoy queda menos del 10 por ciento de la superficie originaria de bosques nativos en Córdoba, en parte, por el avance de la frontera agrícola. La ausencia de bosques ocasiona menor humedad en el ambiente, falta de retención al escurrimiento y mayor desecación de los suelos”, explica Atilio Palacios, coordinador del Aula Abierta de Montaña de la UNC.

Según el especialista, hay una fuerte desconexión entre las expectativas de rentabilidad económica de la producción agrícola y la sustentabilidad del medio ambiente y los recursos naturales. “El problema no es la soja en sí; es la escala económica y el manejo del suelo que está asociado a la producción de soja en Córdoba”, dice Palacios.

Para la bióloga Sandra Díaz, del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, la expansión de la frontera agrícola no explica por sí sola la falta de lluvias, pero entiende que la menor superficie boscosa ocasiona que los reservorios de agua estén más secos. “Además –explica–, la soja es una planta que por su tamaño y contextura, deja muy poco residuo vegetal en el suelo. Y cuando se conjugan mucho calor y viento, el hecho de que los suelos estén tan descubiertos los hace más pasibles de erosión”.

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