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Policiales

Motín, cinco años después

A un lustro, la Justicia condenó a los actores directos de la rebelión, pero no avanzó sobre responsables políticos.

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Por Anónimo (not verified)

Este miércoles 10 de febrero se cumplirán cinco años del más terrible motín de la historia carcelaria de Córdoba. Fueron 24 horas de máxima tensión, durante las cuales 1.670 presos tomaron por completo la penitenciaría más antigua de la provincia. El saldo fueron ocho muertos, de los cuales dos fueron guardiacárceles, uno policía y los restantes cinco, internos.

Si bien no está ni cercana a ser la revuelta con la mayor cantidad de víctimas, el motín de la Penitenciaría se convirtió en un caso totalmente inusual, ya que fue el único de la historia argentina en el cual los internos tomaron la totalidad de las instalaciones carcelarias. Nunca había sucedido, nunca volvió a repetirse.

Atrapados.
El desastre estalló luego de una fallida invasión. Era la que habían planificado desde los corredores altos de la cárcel, en contra del pabellón cinco, integrado por presos que habían roto los códigos carcelarios y tenían a mal traer al resto de los internos con los continuos robos y el acoso a las visitas.

Contra ellos juraron venganza los plumas (líderes) de los pabellones de planta alta. Y dieron orden de que el zarpazo los dieran sus “perros” del piso de abajo. Fue justo en un día de visita femenina en los pabellones de mejor conducta, ubicados al ingreso, donde en esa siesta había por lo menos 1500 personas, entre internos y familiares sólo en el primer centro.

Una desatinada intervención de la fuerza, con balazos de goma dentro del pasillo del penal, gases lacrimógenos, gritos, insultos y estruendos, terminaron por hacer estallar la olla a presión. Reventaron los cuatro pabellones del frente, los que estaban con visitas, y allí el volcán entró en erupción. La decena de efectivos que repelían a balazos el caos inicial terminó atrapada por la avanzada de retaguardia. En los primeros instantes se logró evacuar a la mayor parte de las mujeres, pero la inicial toma de rehenes obligó a las fuerzas a replegar desde el centro hacia los extremos. Y en ese movimiento, 26 empleados cayeron en manos de los amotinados.

Escenas de locura. Estalló la cárcel y no tardó demasiado tiempo en cundir la alarma en toda la provincia. Antes de la hora, ya se veían centenares de siluetas rondando por los techos. No hubo forma de contener el avance, ya que al contar con rehenes, fueron obligando al repliegue de las fuerzas, tanto penitenciarias como policiales.

En esos techos se vieron escenas de pavor, y la más recordada será la del empleado Walter Montenegro, exhibido sobre las 17.30 casi como trofeo sobre los muros, sometido al designio de sus captores, con el abultado cuerpo casi desnudo y surcado por vetas de sangre. Fueron minutos de congoja durante los cuales se pensó que terminaría empujado al vacío. Aunque el mensaje era distinto, y poco después, otro grupo de internos se encargaría de subir a ese mismo frontispicio y rescatarlo, en vivo y en directo, ante la televisión de todo el país.

Luego llegaría el momento de mayor tensión de toda la tarde. Fue una sucesión de episodios, durante los cuales, en un plazo de 20 minutos, se generaron siete de las ocho muertes de esa tragedia carcelaria. A las 8.05, un balazo de 9 mm, presumiblemente disparado desde las azoteas, perforaría desde la nuca hacia la frente la cabeza del cabo de la Policía Roberto Cogote. A las 8.10, un proyectil de igual calibre, disparado desde el portón de acceso del penal, perforaría la frente del penitenciario Pablo Ferreyra.

Finalmente, a las 8.20 saldría un camión repleto de internos en fuga, utilizando como escudo humano al oficial penitenciario Andrés Abregú, con la intención de perforar el cerco policial. Ese episodio desató una balacera infernal que terminó con el camión incrustado contra un árbol, sólo a metros del perímetro, y con el saldo de cinco muertos dentro de la cabina, incluyendo al empleado penitenciario y a los internos Cristian Rogido, Gabriel Rivarola, Daniel Álvarez y Walter Romero.

El tiempo de la entrega. Ese episodio marcó un quiebre. Cerca de la medianoche ya se maduraba muros adentro la intención de poner fin al caos. Y si no se logró en ese momento, fue porque aún no estaban dadas las condiciones de confianza mutua. Por un lado, la Justicia y las fuerzas de seguridad temían que detrás de una oferta conciliadora de entrega del penal se escondiera una intentona por tomar más rehenes; por el otro, los internos no querían entregar posiciones temiendo ser masacrados cuando las fuerzas recuperaran el penal. Para complicar aún más las cosas, a medianoche fue abatido sobre los techos un interno, Víctor Bazán, alcanzado por el balazo de francotirador.

Esa desconfianza logró ser disuelta con la intervención del capellán del penal, el padre Hugo Olivo, quien se ofreció como prenda de paz y fue el primero en animarse a entrar en el penal en llamas, para aquietar las aguas y negociar la entrega.

A media mañana comenzarían a entregarse rehenes, y también saldrían con sus niños en brazos las familiares de los internos que también habían quedado atrapadas.

Cerca de las tres de la tarde saldría sano y salvo Daniel Corso, el director del penal, el último rehén en ser liberado.
El calvario había llegado a su fin.

San Martín hoy ya no es una caldera a presión

Desde 2005 a la fecha, continuamente se han escuchado rumores de un nuevo motín, o de malestar carcelario. A comienzos de 2008, una larga huelga de hambre dentro del penal de Bouwer llegó a poner nerviosas a las autoridades.

Sin embargo, desde la inauguración de la Cárcel de Cruz del Eje, en junio de 2006, la situación comenzó a descomprimirse. Poco a poco fueron trasladados a ese destino gran cantidad de condenados, con la ventaja de que allí están montadas las instalaciones para que la mayoría de los internos puedan trabajar.

Hoy, a cinco años del motín, en la Penitenciaría de San Martín hay celdas vacías. El hacinamiento desapareció, y la cantidad de internos, al estar por debajo de las 850 almas, es mucho más manejable. La gran mayoría trabaja, y el tratamiento penitenciario se va acercando un poco más a lo que la ley exige.

¿Es la cárcel modelo? Sin dudas lejos está de serlo. Pero ya no es la caldera a presión que estalló esa furiosa tarde de febrero, cinco años atrás.

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