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Córdoba

"Mi vida siempre fue un plato"

Juan Carlos Herrera, “Tatú” (mozo de La Perla). Dice que es el camarero de más años en la ciudad de Córdoba. Hace tres décadas que está en el rubro y le quedan energías para muchísimos años más.

“Pasen, la mesa está servida”, invita “Tatú” todas las noches, cuando el sodio reemplaza al sol en la tradicional  esquina de Olmos y Maipú, donde está el restaurante La Perla. La invitada es Córdoba, el menú es una bandeja de anécdotas, y el salón principal desborda de comensales. En este caso, “Tatú” dejá de ser mozo para ser chef, un artífice de sí mismo, el encargado de dosificar las especies que le dan la originalidad de su personalidad: mucha energía y alegría, experiencia, una pizca de verborragia y mucho de cordobés. Así es “Tatú”, el que desde hace 32 años le sirve una de las milanesas más ricas a los habitantes de esta ciudad.

Es salteño, pero a los 19 años se vino para Córdoba con su hermana. Juan Carlos Herrera, como dice su DNI que se llama, asegura que el cordobés siempre es un tipo rápido para las respuestas, pero él es un fórmula uno. Habla y gesticula a la misma velocidad que camina por el restaurante, no para un segundo.

“Así soy yo, además, como mozo, siempre tengo que estar atento a un montón de cosas: ¿Qué hay a cinco cuadras a la redonda? Lo tengo que saber, porque siempre vienen muchos turistas, tenemos la terminal cerca. Caminar y tener cuidado con los platos, aunque siempre alguno se cae, pero siempre pedimos disculpas. La gente ya me conoce”, asegura, al tiempo que trae una milanesa a la napolitana “para charlar tranquilos”.

“¿Se acuerdan que en la serie ‘La isla de la fantasía’ había un enano que decía: ‘El avión, el avión’. Bueno, por él me dicen “Tatú”, y al apodo me lo puso Cacho (Buenaventura), que siempre venía a comer a La Perla. Ahora todo el mundo me conoce por ese nombre, hace 32 años que soy mozo, y soy el más antiguo de Córdoba”, comentó.

La jornada de “Tatú” es doble. Trabaja al mediodía y a la noche. Todo el tiempo, entra y sale de la cocina con platos, acomoda sillas, cubiertos. Desarma los castillos de copas de vidrio y las desparrama por las mesas, y así va dejando todo listo para esperar a los primeros clientes de la jornada.

Para “Tatú”, sus años de experiencia no son “chapa” suficiente para asegurar que es el mejor: “No es así, al contrario, soy un mozo marginal. Estamos acá, en el centro, y la gente entra y sale constantemente. Por turno armamos cinco veces las mesas, así que no tenemos el tiempo de estar encima del cliente pasándole el pañuelito a la copita como en otros restaurantes de la ciudad”.

“Por otro lado, para ser mozo hace falta ser muy amable. Yo a la gente la trato muy bien, con una sonrisa, y si el cliente está de malhumor trato de levantarle el ánimo. Además, la mayoría es gente que conozco de hace  años, así que cuando llegan y tienen la cara larga les hago chistes”, agregó con una sonrisa.

“Tatú” comenzó a trabajar de mozo en 1970. Su primer empleo fue en el restaurante del Correo Central, hizo una temporada en la Pizzería Roma y en Carlos Paz, hasta que en 1978 entró definitivamente a La Perla. Desde entonces, nunca tuvo otro trabajo.

“Yo me paro en la puerta y toreo a los clientes para que entren. Los espero, les digo: ‘pasen, la mesa está lista, ya los vamos a atender’. Soy como esas chicas que llaman desde la vereda a los hombres”, ironizó revoleando el gran repasador a cuadros que siempre lleva en el hombro.

“Tatú” tiene cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, y nueve nietos. Cuando tiene un tiempito libre lo utiliza para estar con ellos. “La última en nacer fue Celeste, y le pusieron ese nombre porque yo soy un fanático de Belgrano. Soy celeste y Pirata”.

Está casado con una mujer que también es de Salta, y aunque cueste creerlo, está con ella desde que tiene ocho años. Viven en Parque Liceo Tercera Sección, en una casa que los dueños de La Perla le regalaron cuando entró a trabajar.

Con sus compañeros se lleva bien, y ellos aseguran que es muy difícil seguirle el ritmo, “aunque hay que amoldarse”. Dentro del salón es una estrella, el “hola Tatú” no se deja de escuchar en  toda la noche. “Vos imaginate que hace 32 años que estoy acá. Mi vida fue un plato, siempre viví siendo mozo y no voy a cambiar de trabajo y mucho menos de restaurante, yo crecí con este oficio”, reflexionó el popularísimo camarero.

“Hay clientes de años y yo ya sé lo que comen, por eso les llevo el pedido sin que lean la carta. Se ponen chochos. Este trabajo lo hago con mucho amor, con cariño, con oficio, porque a la gente le gusta ser bien atendida y porque amo lo que hago”, dijo “Tatú”, repasador en mano. Esperando a ese desconocido en la vereda para invitarle a degustar una noche de luces amarillentas, de sabor cordobés.

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