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A los Baigorria, la tormenta les robó una hija y les dejó el dolor

Con innegable eco a la muerte de Noelia García, la embarazada electrocutada el lunes en Alto Alberdi durante la tormenta, la familia Baigorria recuerda cómo perdió a su Vanesa. La joven mamá fue fulminada por una centella en 2010.

Historias paralelas. Historias que no se rozan y que nadie desearía que tuviesen una conexión, aunque sí la tienen y esa conexión está justificada en la pérdida. En una ausencia absurda, extremadamente ridícula. Dos madres cuyas vidas fueron anuladas por tormentas.

Una de ellas era Noelia García, la embarazada de 21 años que murió electrocutada al pisar un cable el lunes pasado, en Alto Alberdi. Le faltaban dos meses para dar a luz a Lucca Alejandro, su primer hijo. La otra, sobre la que centraremos esta historia, era Vanesa Daniela Baigorria. Tenía 22 años y una nena de 5 cuando la electrocutó una centella que pegó en el medidor de luz y produjo una descarga fulminante. El fenómeno generó una carambola que impactó contra el cuerpo de la mujer, quien miraba televisión apoyada contra la pared.

Aquel martes 13 de abril de 2010, la naturaleza castigó a Unquillo con una lluvia atroz y a la familia Baigorria con una muerte “que no tiene cura ni manera de calmarla”, en palabras de don Miguel Antonio Baigorria, padre de Vanesa y abuelo de la niña de 5 que quedó sin madre. “La pérdida de mi hija me sacó 50 años de vida y 39 kilos, hermano”, suelta el hombre en el inicio de la conversación. Sus castaños ojos achinados se ponen acuosos de inmediato.

Segundos de silencio en los que nada parece ocurrir en el sencillo barrio unquillense de San José; nada, excepto este padre que maldice la escasez de respuestas para explicar lo que pasó. “No sé, hermano, no sé. Quizá Dios me puso una prueba y quería ver cómo reaccionaba. Encima, dos semanas después de que se me murió la Vane, mi hermano se ahorcó. Y yo que decía que jamás pisaría un cementerio: pues ahora tengo enterrados en el mismo lugar a mi madre, a mi hermano y a mi hija. ¿Cómo no voy a ir a visitarlos?”.

A metros de don Miguel, una caravana de niños y niñas, vestidos con pantalones amarillos o polleras celestes y con alas de mariposa en la espalda, encara rumbo al centro de Unquillo para practicar la comparsa del carnaval. Entre ellos está Tamara, la hija de Vanesa. Hoy ya tiene 6 años.

“Tamara es un tema aparte. En lugar de decirnos ‘abuelos’, a mí me dice ‘papi’ y a mi mujer, ‘mami’. O sea que muchas veces habla sobre su mamá y nosotros no sabemos si se refiere a mi mujer o a Vanesa”, cuenta el hombre nacido hace 57 años en la localidad de Monte Ralo y adoptado por Unquillo hace 56. “De todos modos, tiene a Vanesa muy presente. Nosotros armamos un pequeño santuario con sus fotografías y Tamara le coloca siempre un vasito de agua o pedacitos de miga para que no tenga hambre. Suele incluso conversar con las fotografías”.

La vida de Vanesa. No le habían ido bien las cosas en Río Cuarto. Vanesa se había cansado de vender pan para subsistir y le dijo a su hermana Paula que prefería que Tamara creciera en la tranquilidad de Unquillo, rodeada por el resto de sus tíos y sus abuelos. Paula también decidió regresar. En el año 2005 ambas habían decidido probar suerte en la fructífera ciudad del sur provincial, aunque, para ellas, lo de “fructífero” fue nomás una mera palabra. Alquilaron una casita unos años y en 2009 regresaron al “condado de los Baigorria”, como se le llama al terreno de barrio San José donde Miguel Baigorria construyó, con sus propias manos y con las de su esposa, Mirta Cabrera (42), las cuatro casas donde se reparten sus seis hijos y siete nietos.

Las hice con mis propias manos, para mis propios hijos. Tengo poco y nada, pero ese poco es para ellos. Me dedico a la construcción desde toda mi vida y me esforcé lo que pude para que todos tuvieran un techo y comida. Entre hijos, nietos y yernos, todos los días comemos acá unas 20 personas, lo que significa que todo mi sueldo de contratado municipal se gasta en eso. Pero no me alcanza, así que los sábados y domingos preparo bollos de pan y me quedo toda la mañana en la ruta hasta venderlos. En Río Cuarto, Vanesa y Paula también se dedicaron a vender pan, pero no les fue tan bien como esperaban.

Vanesa es (era) la penúltima. Después de ella estaba Víctor (21) y antes, Paula (33), Oscar (31), Claudia (26) y María Eugenia (23). Cuando tenía 15 años se casó con Ariel Vargas y se separó meses después, siendo Tamara apenas una bebita.

Mi yerno quiso quedarse con Tamara, pero nosotros nos presentamos en un juzgado de menores y peleamos mucho tiempo hasta que se comprobó que la nena estaría mejor con mi familia. Acá tiene los mimos y la contención necesaria…. Perdóneme la palabra, pero este puto dolor vuelve, y vuelve, y vuelve… ¿Si no le digo que perdí 39 kilos? Yo antes pesaba 120.

Vanesa estaba feliz. Excepto su hermano Oscar, quien se dedicaba a cuidar a su abuelo en otro barrio de la localidad, los demás integrantes de la familia Baigorria compartían los terrenos y la cercanía cotidiana. En octubre de 2009 se instaló con Tamara en una precaria casita de ladrillos grises y techo de hormigón en la que también vivían Paula y su familia. La misma precaria casita donde Vanesa caería fulminada seis meses después.

Esa centella produjo una explosión y me quemó absolutamente todo: celulares, televisores, heladera, grabadores, medidores. Todo lo que tenía. Pero qué puede importarme todo eso al lado de mi Vanesa. Vino de Río Cuarto para estar cerca nuestro y seis meses después ocurrió esto que me tuvo un montón de tiempo en el psicólogo. Y ahora vuelve a pasar algo similar con esa chica embarazada que pisó un cable en la tormenta. O con esos dos chicos que murieron en Buenos Aires porque les cayó un rayo. De no creer.

La esfera luminosa impactó en el medidor y destrozó las conexiones internas del “condado de los Baigorria”. Se produjo una explosión y la centella recorrió rápidamente un cable hasta llegar a una esquina exterior de la pared que Vanesa había elegido para apoyarse.

Y nos quedamos sin ella. Mucha gente prometió ayudarme en su momento, pero nadie parece acordarse de este viejo triste. Uno de los pocos fue el intendente, que cubrió los gastos del sepelio porque yo no tenía manera de hacerlo.

Del entierro de Vanesa queda una deuda de 700 pesos que Miguel asegura no poder pagar. El intendente de Unquillo, Germán Jalil, explicó que, en caso de que se compruebe que una familia no puede abonar la deuda, el municipio le otorga un subsidio para solucionar el problema. Agregó que, durante su gestión, Vanesa no será retirada del lugar de donde está enterrada.

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