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Córdoba

Largaron el fierro para fabricarse un empleo

Ya tiene personería jurídica una cooperativa de ex carcelarios. Es la forma que encuentran para dejar la delincuencia y vivir de un trabajo digno.

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Por Anónimo (not verified)

Una semana antes ya tiene listo el mono. Recibe sus últimas visitas, les entrega algunas cosas a los compañeros de rancho. Se va despidiendo de amigos y enemigos. Tal vez deja algunas instrucciones. Agradece también a un par de empleados la buena onda que –quizás– le tiraron en un mal trance. Y llega el momento de salir en libertad.

Quizás sea ése el punto de mayor desafío en la vida de un delincuente que ha cumplido su condena. Es el momento de demostrar si su cabeza hizo el click que la sociedad espera. Si está dispuesto al cambio. Si imagina otra alternativa de vida que no sea la delincuencia. Y algo más: si es capaz de lograrlo.

“Tenés dos opciones: o volvés a agarrar el fierro, o te ponés a armar algo por tu cuenta, porque afuera nadie te va a dar trabajo”, resume Raúl Sosa (50), hombre que desde hace seis años transita la libertad. Por suerte para Sosita, pero también para la sociedad toda, el hombre eligió por el segundo camino. Y no sólo se puso a laburar, sino que ahora avanza con algo más, tras el sueño de lograr que su flamante cooperativa sea el lugar donde los muchachos que salgan de la cárcel encuentren una oportunidad para dedicarse a otra cosa. La apuesta no es pequeña: “Este año queremos terminar dando laburo a 90 muchachos”, dice.

De lo malo, lo mejor. Varias sillas tijera alrededor de una mesita tembleque en una vereda de Anexo Los Gigantes. Un par de platos donde se amontonan sándwiches de miga y vasos de gaseosa.

Una docena de delincuentes retirados abren el corazón y cuentan lo difícil que es volver a hacerse camino. Preside la charla Sosita, dueño de casa, quien se adelanta para contestar desde su propio dolor. “Cuando perdés a tu familia, ahí te das cuenta de que tenés que cambiar. A mí me pasó cuando mis dos hijos cayeron presos. Así no iba más”, se sinceró.
“Sentís que te ha llegado el momento de cambiar. Y cambiás. No me preguntes por qué”, comenta Ricardo Acevedo (63), el otro tractorcito sentado a esa mesa. Él también impulsa una cooperativa similar, aunque en la otra punta de la ciudad: Estación Flores.

Allí se están levantando las instalaciones de la futura panificadora que dará empleo a 10 “ex”. “Es la única forma de pensar en algo a futuro, porque en la calle todo te cuesta el doble”, dice este ladrón hace años retirado que se las rebusca con la venta ambulante.

Todos coinciden en la impresión de que la sociedad los señalará para siempre, y que nunca terminarán de dar muestras del cambio. “Es para toda la vida”, se resigna Hugo, un muchacho que pasó por la cárcel y que desde hace años trabaja en el taller de herrería que logró montar. Ahora está dispuesto a dar su tiempo para capacitar a sus pares y ayudarlos a que se inserten en el mercado laboral con un proyecto propio. “Tenés que buscarle la veta. De lo malo que te pasó, sacar lo mejor”, dice.

Lugar propio. Por ahora la jugada viene bien, aunque con mucho esfuerzo. El 22 de diciembre, la Nación aprobó la solicitud y ya son oficialmente una cooperativa. Claro que con el papel no hacen nada. “Nosotros estamos saliendo solos de todo esto. Pero necesitamos una mano”, reclama Sosa.

El sueño que comparten es el de un galpón propio, “donde se puedan hacer todas las actividades juntas. La capacitación en oficios y el trabajo”. Por eso apuestan las fichas a una ayuda gubernamental: “Nosotros vamos a estar haciendo lo que muchas veces el Estado, gastando fortunas, no logra”. Tal vez merezcan esa ayuda.

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Cuando las puertas se cierran
A Hugo casi todos lo conocen como “el Pera”. Tiene 35 años y es uno de los muchachos que trabaja en la incipiente cooperativa presidida por Sosita, que por ahora ha puesto en funcionamiento dos talleres de chapa y pintura, más algo de mecánica, y que da empleo a cinco ex presos. Allí también trabaja Pera con el soplete, y aunque está contento, sabe que otras alternativas no encontrará.

“Del año que llevo en la calle, no consigo nada. Sólo changas de albañilería. Trato de buscar, pero en todos lados te piden el certificado de buena conducta y quedás afuera”, se resigna.

A Ricardo Acevedo también le pasó. “Conseguí laburo en una empresa, pero cuando se enteraron que tenía antecedentes me echaron y no me pagaron nada”.

Y desde luego Sosita tiene la suya. “Entré a una empresa transportadora de caudales. Les hacía el mantenimiento de los camiones y laburé bien todo el año. Me pedían el certificado y yo venía demorándolo y demorándolo. Hasta que se dieron cuenta cómo venía la cosa y me rajaron en el acto”.

Por eso todos se entusiasman con armar una estructura propia y libre de esos prejuicios, que les permita realmente sostener ese cambio de vida, trabajando para ellos mismos.

“La gente está enojada con nosotros, pero uno ya pagó. Por eso armamos esto. No es para eliminar la delincuencia, sino para intentar evitar que los muchachos reincidan”, dice el dueño de casa, consciente de que “otra alternativa no hay”. Y la cierra con una frase bíblica: “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”.

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