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Córdoba

La espantosa muerte del subcomisario Albareda

En la noche del 25 de setiembre del ‘79, cuando la guerrilla estaba virtualmente aplastada, la Policía se cobró una de sus últimas víctimas. Fue el subcomisario Ricardo Albareda, castrado y muerto desangrado en el Chalet de Hidráulica. La causa va a juicio en 10 días.

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Por Anónimo (not verified)

El llamado “pacto de sangre” ha impedido hasta el momento tener testimonios o relatos que detallen la mayoría de las muertes clandestinas ocurridas durante los años de plomo.

Tal vez la excepción más categórica haya sido la versión que Ramón Calderón brindó a la Justicia acerca de la muerte del subcomisario Ricardo Fermín Albareda, ocurrida en la madrugada del 26 de setiembre de 1979, es decir, hace exactamente 30 años.

“Recuerdo todo, perfecto, porque yo estuve ahí. Es como si hubiera sido ayer”, relata este hombre, asegurando que cuando narra una historia es porque la ha vivido.

Cuenta del Chalet de Hidráulica, situado cerca del embudo del Dique San Roque. Para el común de la sociedad, allí funcionaba una delegación policial, con la misión de custodiar el paredón del Dique, que podría ser objetivo de un ataque terrorista. Pero en realidad el lugar se utilizaba para algo muy distinto.

“Esa noche estaba fría. En la casa hay un salón grande, con una galería afuera”, comienza a desgranar sus recuerdos. Calderón asegura que estaba parado afuera, esperando que pasara la noche y con bronca porque lo habían retenido una jornada laboral más de lo acordado. No había detenidos en la casa.

Desde esa posición, vio que traían a un hombre uniformado. “Lo traían esposado para atrás, con Américo Romano y Raúl Telleldín, uno de cada lado”, cuenta. Y así entran a la casa. Desde afuera se escuchaban insultos y gritos aterradores. Pero en un momento se asomó el comisario Romano y le pidió que pase. “Pase Kung Fu. Venga, vea qué le pasa a los traidores”, le dijo el superior, quien luego agregó: “¿Saben por qué caminan en la tierra estos traidores? Por el peso de las bolas. Yo se las corto y se van al cielo”. Parecía un chiste. De mal gusto, pero chiste al fin. No lo era.

La sala del terror. Cuando Calderón ingresa a la sala, cuenta que adentro estaban Hugo Britos, Romano, Telleldín y los hermanos Antonio y Hugo Carabante, que eran guardias, como él. Al detenido lo tenían de pie, golpeándolo con brutalidad. “Lo estaban cacheteando a lo bestia. Romano era un tipo muy bravo, y Britos, un animal, capaz de levantar un auto de la fuerza que tenía”, relata.

“¡Sentate ahí!”, le ordenó Romano al detenido Albareda. “Ahí nomás lo ataron con alambre a una silla de madera”. Siempre según el relato de quien fue considerado por la propia justicia como un testigo clave por la veracidad de sus dichos, en ese momento Telleldín, jefe de inteligencia criminal, le pidió a Romano que fuera a buscar una botella de whisky.

Luego, el mismo jefe le ordena a Britos que degrade al detenido. Entonces le sacan las insignias de la Policía, le rompen el uniforme, lo escupen. Pero aún faltaba lo peor…

Con su habitual frialdad, Romano se acercó a la silla donde estaba reducido Albareda. Y le dijo: “Yo te voy a enseñar lo que has hecho vos”.
En ese instante, metió la mano en el bolsillo interior de su saco, y de allí extrajo un objeto filoso, de unos 10 centímetros, color blanco. Era un bisturí.

Entonces se arrima y de un corte le abre el pantalón del uniforme a la altura de la ingle. “Ahí nomás se agachó –cuenta Calderón–. Le agarró las bolas para afuera y ¡shck-shck!, se las cortó. Levantó los testículos, se los mostró al tipo, y le dijo: ‘por esto caminás vos’”.

Luego tomó la botella de whisky, y para acrecentar el escarmiento, abrió la tapa y comenzó a rociarle la herida con la bebida. “Gritaba como desesperado el tipo, y ahí me di cuenta de que estaba todo preparado”, cuenta el testigo central de la historia.

Del cuerpo de Albareda brotaba la sangre. Sin embargo sus gritos se eclipsaban con la música puesta a todo volumen para que no se escuchara el horror en la montaña. Calderón comenzó a descomponerse y pidió salir de esa escena medieval.

Sobre el charco de sangre. A las dos horas, esa vida se extinguía. El tan buscado infiltrado del ERP dentro de la fuerza policial había muerto desangrado. Mientras esto sucedía, sus verdugos disfrutaban de un asado en el chalet.

Pero faltaba deshacerse del cuerpo para considerar terminado el trabajo. Sobre las cuatro de la madrugada, subieron el cadáver al auto de Britos, y la cúpula del D2 salió con rumbo desconocido.

Antes de hacerlo, ordenaron a Calderón y a los Carabante que limpiaran la sala. “El charco de sangre era inmenso y parecía que el olor te levantaba en el aire”, recuerda el testigo, asegurando que la tarea les llevó varias horas. Mientras lo hacían, uno de ellos le comentó lo que había sucedido luego de que él saliera descompuesto. “Dijeron que le metieron sus propios testículos en la boca y que después se la cosieron. Lo contaban como si fuera algo gracioso”, recuerda.

–Calderón, ¿ésa fue la peor muerte que presenció?

–No. Le aseguro que no fue la peor. Si yo le contara todas esas historias, me dirían que estoy soñando.

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