?>
Córdoba

Juicio a Menéndez II: Yo no merecía morir así porque sólo era un hombre de trabajo

Ayer declaró Raúl Morales, víctima del D2. Contó el calvario al que fue sometido durante su detención.

Anónimo's picture
Por Anónimo (not verified)

“No sé por qué se ensañaron conmigo”. “La voz del Gato Gómez era muy diferente: prepotente, con una risa burlona”. “Después vino lo que ellos le llamaban ‘la fiesta’ que eran todas las torturas”. “Sentí olor a alcohol de quemar. Me lo tiraron en los genitales y lo prendieron fuego. Era un ardor terrible. Me habían desollado como a un animal”. “Para ellos era una alegría ahí dentro cuando les dijeron que a un matrimonio lo tenían que traer boleta”. “Al último me dieron la despedida. Me tiraron al suelo boca abajo y estaban todos ellos zapateándome con los borceguíes”. “Yo no merecía morir así porque era un hombre de trabajo”. “Apenas llegamos a La Plata nos desnudaron a todos y nos dieron una paliza formidable con gomazos. Era la bienvenida. A mí me liberaron al día siguiente”. “Me arruinaron la vida. Yo tenía 26 años cuando me detuvieron. Ahora tengo 59 y ando con un bastón”.

¿Con cuál de estas frases conviene comenzar la crónica del testimonio de un hombre cuya vida cambió para siempre luego de caer en manos de la patota del D2? Con todas, con cualquiera, con ninguna. Da lo mismo.

Dos horas se extendió el relato de Raúl Ernesto Morales. Dos horas a través de las cuales toda la audiencia atravesó un extenso vía crucis que humedeció pupilas y logró instalar una triste sensación de impotencia.

Morales era sólo albañil, militaba en la Juventud Peronista y no sabía demasiado de política. La noche del 22 de marzo de 1976 (dos días antes del Golpe), una patota de ocho hombres lo abordó en su humilde vivienda de Santa Rosa de Calamuchita. Pasó una dolorosa noche en la comisaría local, que no sería nada comparado con lo que vendría luego.

Diez días en la sede del D2, esposado, vendado, y recibiendo infinidad de golpes. “Me preguntaban si era montonero, si conocía a éste o si conocía a otro. Yo no sabía nada y no entendía por qué me pegaban”, recordó Morales en medio de llantos, ante el Tribunal.

Le consultaron si alcanzó a escuchar algún nombre de los que los torturaban. Y él no tuvo dudas: “Él mismo se presentó así. Me dijo ‘¿Vos lo conocés al Gato? Ahora lo vas a conocer’. Pero no era sólo ese hombre, eran muchos más”. Disculpándose por no poder aportar otros nombres.

El hombre siguió contando su periplo. De su paso por la Penitenciaría. De su traslado a Sierra Chica, donde el juez Vázquez Cuesta le informó que había sido absuelto, pero que tendría que seguir preso porque estaba “bajo disposición del PEN” (Poder Ejecutivo Nacional).

Luego su historia de padecimiento estremecería a todo el mundo. Perdió dos riñones, no pudo trabajar más, y desde hace 30 años sólo se conforma con sobrevivir.

“¿Torturados? Nunca escuché eso”
Nadie lo tenía agendado, y cuando la sala se estaba reponiendo del  sentido relato de Morales, alguien pidió el micrófono y se robó parte del estrellato.

Miguel Ángel Gómez, el temible “Gato”, el hombre señalado por las víctimas del D2 como el torturador más salvaje, pidió el micrófono. Y jugando un excelente papel plagado de frases amables y respetuosas, hizo todo su esfuerzo para presentarse como un “nene bueno”. Respondió preguntas de la querella, trató con respeto a cada uno de sus interrogadores, y se esmeró por correrse de las responsabilidades que se le asignan.

“Yo le voy a contar cuál era mi misión en el D2. Yo era encargado del archivo, de la parte de explotación de documentación”, dijo el “Gato”, para luego explicar: “Me encargaba de armar la planilla del secuestro, con los datos que los jefes del D2 me daban sobre el interrogatorio que los detenidos mismos informaban”.

–¿Pero lo hacían bajo tortura?, le preguntó la querella.
–No lo sé. El jefe Romano ya me traía lo que habían respondido.

–¿Cómo era el trato con los detenidos? ¿Vio malos tratos?
“El trato era severo”, respondió Gómez, para luego agregar: “Ahora ¿Torturados? No. Yo nunca escuché ningún grito. Al menos desde mi oficina”.

La respuesta causó profundo murmullo en la sala, que se hizo más notorio cuando intentó deslegitimar las denuncias de sus propias víctimas. “Me parece que lo de las torturas es más simple de lo que se piensa”, avanzó. “El tema es que los subversivos apuntaban a tantos compañeros, y entonces después ¿cómo se sacaban el lazo?”, preguntó. “Fácil”, se respondió a sí mismo. “Cuando llegaban a la Penitenciaría, decían que los habían mandado en cana porque los habían torturado, pero no era así”, dijo llamativamente calmo este hombre, para luego asegurar que nunca vio ni cometió tortura.

No obstante, ante las preguntas de la querella reconoció que “el D2 se armó para la lucha antisubversiva” y admitió que en Río Cuarto ya había participado de procedimientos de este tipo.

Sumate a la conversación
Seguí leyendo