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Córdoba

Juicio a Menéndez II: el juez federal que decidió bajar la cabeza

Declaró Eudoro Vázquez Cuesta, admitiendo que nadie podía oponerse a los militares.

Con qué fuerza exijo al Ejército? Yo ordenaba la libertad y mandaba la orden a quien tuviera al detenido”. Parece una explicación lógica venida de parte de un juez que actuó durante la represión. Pero esconde una claudicación que derivaría en la prolongación de los encarcelamientos y las torturas, y lo que es peor, en numerosas muertes de personas que estaban detenidas bajo su disposición.

Tan sencilla como esa frase fue la explicación que dio el ex juez federal de Bell Ville, Eudoro Vázquez Cuestas, a cuya disposición estuvo Raúl Ernesto Morales, el hombre por el que hoy se juzga a Luciano Benjamín Menéndez y a Miguel Ángel Gómez.

En todo momento el ex magistrado intentó correrse de la situación de aprieto en la que lo ponían las preguntas de la querella. “No podía exigir al Ejército que cumpliera con las liberaciones que disponíamos porque no había otra cosa por encima del poder militar”. Y pretendiendo ser más claro, señaló que no eran “magos”.

Vázquez Cuestas era defensor oficial, pero el gobierno de facto lo nombró juez. Ayer admitió que cumplió una orden de Juan Bautista Sasiaiñ, jefe de la Cuarta Brigada de Infantería Aerotransportada, quien le solicitó que indagara en una cárcel a Morales y a otros detenidos de entonces.

En todo momento intentó acomodar el cuerpo ante las preguntas que lo incomodaban. “Conozco por dichos que se detenía gente por disposición del Poder Ejecutivo”, dijo en un pasaje. Luego agregó que “de haber advertido algún daño en alguno de los detenidos, hubiese hecho la pertinente revisación médica”.

Y para quedar menos pegado, aseguró no recordar si Morales había sido interrogado por la Policía o por el Ejército antes de ser indagado él, como tampoco si el D2 negó en alguna ocasión a entregar a un detenido para declarar. “No recuerdo el hecho, no lo niego. ¿Lo hubiera detenido a Menéndez en ese momento?”, dijo desafiante.

Por la tarde hubo testimonios de mayor crudeza. Ambas hermanas de Morales hicieron su aporte. Una de ellas, Elsa, fue la que le donó el riñón que le fue trasplantado en 1981. La otra, Estela Maris, fue detenida con él y padeció el infierno del D2.

Recordando su detención en el Cabildo, dijo: “En mi condición de mujer trataba de no pedir para ir al baño porque sabía a lo que me arriesgaba”. Su marido, Olegario Martínez, también relató sus padecimientos, y se emocionó al hablar de su compañero de celda Oscar Hubert, fusilado en 1976.

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