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Ocio

Jean Carlos y un canto a la libertad

El artista llevó su mensaje evangélico al penal de barrio San Martín. Esperanza al ritmo del cuarteto y el mambo.

Cada ciudad es un mundo en sí misma. Al igual que las personas. Pero esa idea se hace más palpable que nunca en las cárceles, y quizás más aún en una cuyo edificio fue construido hace ya muchas décadas como el Penal de barrio San Martín. Franquear los barrotes es ingresar a otro espacio donde el tiempo corre más lento y “el afuera” es un concepto asociado a la nostalgia, pero también a la esperanza.  

En la soleada y calurosa tarde de ayer, quien eclipsó al astro rey fue Jean Carlos, que fue con parte de su banda a la penitenciaría para dejar su mensaje evangélico e interpretar algunos de sus éxitos. “Esto es por amor, no por publicidad”, decía el dominicano ni bien entró al penal, mientras dialogaba con el director de la institución y con el pastor Atilio Riccio, del Ministerio Carcelario Unidos en Cristo, que llevó adelante la organización del evento.

Después de la charla formal, Jean Carlos se “trenzó” en un abrazo con sus músicos y Riccio para una oración. Después llegó la hora de ingresar al patio número 5, desde donde ya se escuchaban sonidos.

Por la sombra del motín. El penal de San Martin aloja actualmente poco más de 700 internos, menos de los 800 calculados al momento de su creación, y menos de la mitad de los 1.600 que hubo al momento del fatídico motín del aquel inolvidable 9 de febrero de 2005. Para las autoridades, estas actividades sirven además para lavar aquella imagen y demostrar que la realidad hoy es otra. El evento, de hecho, formó parte del programa de resocialización de los presos a través de la educación, el trabajo, el deporte y el arte que lleva a cabo el Ministerio de Justicia de la Provincia.

Sin embargo, una cárcel nunca deja de ser lo que es, y como tal, el ruido esos gruesos pasadores entre los barrotes no pasa inadvertido para quien no es un asiduo visitante. Después de cruzar un largo pasillo y girar a la izquierda por otro de menor dimensión, se accede al patio: de formato triangular, con paredes descascaradas y varios presos amuchados en las ventanas de los pisos superiores, la imagen es similar a la que tantas películas mostraron. Para completar la escena, hay dos viejos arcos en las puntas que invitan a imaginar que de tanto en cuanto se escucha algún grito de gol enfurecido.

En esta ocasión, sólo pudieron salir al patio unos 150 internos, sólo aquellos que tienen buena conducta, los que van a la escuela que funciona dentro del penal y los que profesan el culto evangélico. “Los de arriba están asperazos”, le advierte por lo bajo uno de los presos al cronista, y remata con que “no los dejan venir porque son quilomberos”. Más allá de eso, arriba se amontonaron hasta lo imposible para ver de qué se trataba la cosa.

Un grupo entona temas evangélicos, y entre canción y canción, un pastor ya empieza a alabar al Señor. Entonces llega el primer grupo musical de la jornada: Compañía Easy, un grupo denominado cultor del “cuartetton” (una cruza entre el cuarteto y el reggaetón) y con un mensaje cristiano como norte de todas sus canciones. No hay escenario, ni telón de fondo, ni  iluminación; sólo dos buenas columnas de sonido con la potencia suficiente para llegar a todos los que están dentro. 

Encabezada por su vocalista, Román Alderete, Compañía Easy logró romper el hielo y conseguir las primeras palmas de la audiencia. Hacete a un lau, Pensando en vos y Viviendo en expansión fueron algunas de las canciones que apuntalaron la idea de que la superación es cuestión de voluntad y que “esa fortaleza está en Dios”. El clima ya estaba listo para el rey del mambo.

Más allá del canto. No fueron tantas las canciones en sí que interpretó Jean Carlos, pero todo su show sí fue extenso: entre tema y tema relató varias historias y anécdotas de su vida para explicar su compromiso con la fe cristiana.

“Cuando yo empecé mi carrera solista siempre decía que iba a venir. Hoy finalmente estoy aquí, pero en otra dimensión de mi ser, en otro pensamiento, ya que al principio cuando uno empieza como solista quiere hacer un montón de cosas porque lo único que espera es fama. Eso no permitió que estuviera aquí hace 14 años, para cantar, bailar y nada más, porque no tenía otra cosa que ofrecer. Hoy no hemos venido no sólo a cantar sino a darles una palabra de aliento y hacerles ver a muchos de ustedes lo que Dios ha hecho en mí”, dijo como para introducir en el asunto a sus ocasional público.

Piensa en mí abrió la lista de temas, y después de advertir que iba a repasar principalmente viejos éxitos que todos supieran, empalmó con Tu vas volar. Después vino una versión de El amor, un tema del reggaetonero Tito el Bambino, y Ángeles negros. 

Pero el momento más intenso, esos minutos en que pareció no volar una mosca en todo el penal y que los presos escucharon con atención divina, fue el intenso resumen que el cantante hizo de su propia vida. “Cuando había venido a Córdoba, desde Santo Domingo, era un extranjero que estaba pagando mi derecho de piso. Todos los derechos hay que ganarlos, sea en el trabajo, el estudio, con tus amigos o tu familia. Cuando yo vine aquí formaba parte de la banda del Negro Ángel Videla. Vine por tres meses pero dije me voy a quedar a lucharla, porque vi mucho afecto de la gente. Pero en un momento quedé con una mano adelante y otra atrás. Todo lo que se veía bonito, se comenzó a tornar feo. Pasó el tiempo, entré a la banda de Sebastián por tres años; y después formé un grupo que se llamó Rataplan, pero comercialmente la cosa no se daba. Ahí me habló Manolo Cánovas y entré a Trula pero cobrando un sueldo y no por baile. En aquella época hacíamos cinco bailes por semana... y fue el pago de mi derecho a piso. Yo veía cómo los otros cambiaban el auto cada seis meses y yo con mi sueldito. ¡Me moría de bronca!”.

“En esta tarde estamos aquí reunidos para decirles a ustedes que no todo está perdido, que por más solos que estén, presos que estén, su cuerpo está preso pero su alma no, porque piensan y sienten. Dios quiere que lo reconozcan: como así él me dio la oportunidad a mí de ser un solista conocido, que vengo de una familia humilde de 13 hermanos, ese sueño  también se les puede dar a ustedes. Si Dios a mí me sacó, a ti también te puede sacar”. 

Termina la tarde, y Jean Carlos no acepta unas felicitaciones: dice que sólo hizo la voluntad de Dios. Se va repartiendo besos y autógrafos y realmente aparenta ser un tipo feliz y en paz con sí mismo.

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