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Hoja de ruta

Segundo curso de navegantes de rally. La tarea solidaria de un grupo de pilotos y navegantes que enseñan a los jóvenes a transitar por la vida.

El cielo de un gris plomizo amenaza con lluvia en el Autódromo Oscar Cabalén, pero nadie le da importancia. Los 40 chicos, de distintas edades, madrugaron para cerrar un ciclo. Los integrantes del segundo curso de jóvenes navegantes de rally lucen remeras rojas y una enorme sonrisa de oreja a oreja. Están a punto de hacer realidad el sueño acunado desde siempre, subirse a un auto de carrera para cantar la hoja de ruta.

Mengue (Roberto Tejedor), Walter (González) y Luis (Rodi) andan de acá para allá ultimando los detalles. Ellos son los hacedores de una iniciativa digna de imitar. Una idea que surgió en el verano y que hoy recorre su segundo tramo de carrera. Trasladar sus conocimientos a los más jóvenes, con el fin no sólo de enseñarles a confeccionar una hoja de ruta, sino a recorrer el camino de una vida sana, alejada de la droga y el sedentarismo. Aprendiendo las señales de tránsito, las normas de seguridad y a convivir respetando a los demás.

Los tres son protagonistas, desde distintos ámbitos, en el rally regional y provincial. Los tres regalaron parte de su tiempo y sapiencia para compartir su pasión con chicos de distintos barrios cordobeses. Niños, jóvenes y hasta algún papá, que por una u otra razón nunca pudieron cumplir el sueño de sentirse, aunque sea por un ratito parte del mundo del automovilismo.

Adrenalina pura. Poco a poco comienzan a llegar las máquinas. Ezequiel Tejedor, Tomás Lingua, Paulo García, Horacio Díaz y Leonardo Gariglio, los pilotos encargados de recorrer una y otra vez el super prime preparado en la tierra del autódromo de camino a Alta Gracia. Hombres solidarios que no pusieron reparos para poner sus autos en función de la causa.

Los grandes responsables de robarle una sonrisa de publicidad de pasta dental a cada uno de los chicos que bajaba de la máquina contento por la labor cumplida. Como Agustín de 11 años, como Juan Carlos Perrone y sus hijos Antonella (13) y Juan Pablo (9). Como cada uno de ellos, más allá de los nombres y los barrios.

En el Cabalén, todos fueron uno. Los chicos que se acercaron hace un par de semanas para hacer el curso que se cerró con éxito; los "ideólogos" que culminaron la jornada con la satisfacción del deber cumplido y los pilotos que se brindaron para que la fiesta sea completa. Todos hicieron su hoja de ruta, la del camino que lleva a construir una sociedad mejor.

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