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Fue Román - 10

Díaz estuvo muy activo y fue el dueño de la ofensiva de la Gloria, pero le faltó compañía. Por momentos, el 10 fue algo individualista. Igual, intentó jugar siempre.

Minuto 48 del segundo tiempo. Tiro libre para la Gloria. “Es la última, es ahora o nunca”, dice un pelado cuarentón  en la platea, mientras el espejo de sus lentes refleja la imagen del 10 de Instituto acomodando la pelota. Unos 25 metros separan al talentoso zurdo de la chance de salvar el día, de volver a desatar la algarabía como en aquella noche ante Boca Unidos de Corrientes. Pero no. El pelotazo de Román Díaz se va lejos, Guillermo Rietti pita el final del partido y un ooohhhhhh generalizado copa las tribunas. Pinta la decepción del hincha.

Y dentro de la cancha la imagen de la decepción albirroja es el propio Román. De cuclillas y mirando el piso, el enlace se lamenta por no haber logrado ser el héroe. Por haber intentado una y mil veces cambiar el destino de un partido que pareció predestinado al empate desde que se sorteó el fixture. Por haber terminado exhausto, contrariado, fastidioso.

“Me voy con amargura porque no pudimos quedarnos con los tres puntos. Nosotros sabíamos en la semana que este rival se nos iba a meter atrás. Pusieron línea de tres, pero en realidad defendían con ocho o nueve jugadores. Lamentablemente no le pudimos entrar, no le pudimos convertir goles”, diría luego el tatuado en el vestuario.

Es que Díaz estuvo en todas ayer. Para bien y para mal. La falta del tiro libre final, por ejemplo, vino por una jugada de él. El remate que estrelló Zapata en el palo, por una asistencia de él; el gol que se comió Romero sobre el final de la primera etapa, por un contragolpe que inició él; los disparos continuos desde afuera del área fueron casi todos de él. Incluso, el manejo ineficiente de la pelota parada (los centros siempre fueron a parar a la cabeza de los defensores de Aldosivi) también tuvieron la impronta del ex Lanús y San Lorenzo.

Parece algo exagerado, pero fue así. La Gloria dependió demasiado de Román, de su hombre más capaz. Pero hay que tener en cuenta que, en un deporte de equipo, un hombre solo no siempre va a poder. El fútbol tiene sus excepciones, claro. Y Díaz es uno de esos jugadores capaz de abrir un partido con un chispazo categórico (el golazo a Belgrano en el clásico es una demostración de ello), que deje al estadio boquiabierto. Pero es un error cargar sobre sus espaldas la responsabilidad ofensiva de un plantel que tiene otras alternativas y también es un error que él mismo  la tome por iniciativa propia.

“A veces fui y agarré la pelota como si fuera el cuatro, porque ese es mi pensamiento. Yo tengo que pedir la pelota cuando al equipo le haga falta y encarar. Si vos jugás con un enganche, el que se tiene que hacer cargo de la pelota es el enganche. Intentamos por todos lados, pero a veces la desesperación te lleva a equivocarte”, subrayó el volante de 29 años nacido en Moreno, provincia de Buenos Aires. Y, luego, agregó: “Si la gente que vino a esta cancha sabe algo de fútbol se tiene que dar cuenta que nosotros atacamos en todo momento y que el rival estuvo amontonado todo el partido en la cancha propia. Fue muy mezquino lo de ellos. Nos faltó quebrar su línea defensiva con un gol. Si metíamos el primero, quizá esto terminaba en goleada”.

La gente no se fue contenta. A Díaz le faltó compañía. El enganche nunca encontró socios para su juego y pecó de individualista. La Gloria fue ayer Román -10.

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