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Es otra cosa

Es la trepada por la escalera. Cuando la paciencia está en riesgo. Es llegar a la cima para estar en la mismísima tribuna. Y ver, allá en el horizonte, el césped, las líneas blancas, la red, el arco. Y de marco, de contexto, un celeste brutalmente dominante, abrazador, cautivador, seductor. Si todo entra por los ojos es una verdad que en esas mágicas circunstancias no da lugar al debate. Es la primera vez en la cancha. Fue el tío o el papá.

O el vecino a la que la bruja le encajaba los chicos si se iba a la cancha. Uno de esos personajes, cualquiera de ellos, seguro que sí, son los que iniciaron a ese hincha que hoy tiene barba. O es el que, en este sábado, está por meterse por primera vez entre los recovecos de ese estadio que tiene poco de lindo y mucho de magnético. No hay una tribuna igual a la otra y, pese a la estética, tiene el encanto de lo improlijo que enamora al más terco de los puntillosos.

En ese sitio, al costado del río, comienza el camino recto a lo inexplicable. La locura más loca de los locos. No es el equipo, no son los pergaminos, no es la historia. No es nada de eso. No hay en el mundo un solo hincha de Belgrano que se haya hecho hincha por las campañas o las leyendas.

Es otra cosa. No sé sabe cuál. Sí se sabe que se bancará las tormentas con la estoicidad de quien se autocondenó a estar en las buenas y en las malas. Y cuando lleguen esas buenas, quizá recién, pueda entender por qué se hizo de Belgrano. Aunque ni siquiera se lo pregunte...

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