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Córdoba

El sueño de abrazar a Julia, su estrella azul

Ésta es la historia de un cordobés que impulsa una causa en España para que le reconozcan la paternidad de su niña, que se fue a Sevilla con su mamá.

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Por Anónimo (not verified)

¿Dónde estará la estrella azul?,
esa estrellita del alma;
sus ojos suelen brillar
perdidos en la inmensidad.
A veces sueño que está aquí
y se ilumina el camino,
cuando aparece el fulgor
cerquita de mi corazón.
¿Dónde estará la estrella azul?,
ya no podré con mi dolor;
en otros cielos brillará
esa estrellita del amor.
(De la canción “La estrella azul”
de Peteco Carabajal).

Era el 13 de noviembre de 2006. Papá Máximo se dio el gusto de estrecharle  el último abrazo a Julia Sofía, su ruluda de dos años y medio. Ella junto a mamá Sol se subían a un avión rumbo a Nueva York. Iban por un tiempo.

Era el 15 de enero de 2010. Habían pasado tres años y dos meses, y por primera vez papá Máximo superaba la angustia de todo ese tiempo sin haber podido abrazar a esa criatura que una tarde había despedido en el aeropuerto.

Se encontraron en Sevilla, en el Parque de la Buahira. Él la vio desde lejos, en la vereda, acompañada de sus abuelos y de su madre, y la reconoció en el acto. Caminó despacito, cruzaron las miradas, le sonrió, la saludó, le intentó transmitir confianza. Y apenas se supo seguro, sintió que era tiempo de continuar con ese abrazo de ojos inundados, el mismo que fuera interrumpido 38 meses atrás, cuando pensó que la separación sería breve.

Fuera de los papeles. Ésta es sin dudas la parte más emocional del Caso Julia Sofía, la historia de una pequeña hija de una pareja cordobeses, y víctima de la disolución del vínculo, y privada durante más de la mitad de su corta vida de haber vivido con su papá.

Se habían conocido en 2003. Ella vivía y trabajaba en Nueva York, él en Villa Allende. Internet los juntó, y un viaje de Sol a Córdoba les permitió darse cuenta de que se querían. La pareja vivió en Córdoba, y pronto ella quedó embarazada. Cuando llegó el tiempo de dar a luz, la mujer le pidió a su compañero que viajaran a Nueva York para tener a la beba. Quería que la criatura, a la que habían decidido llamar Julia Sofía, fuera norteamericana, para que la pareja pudiera en algún momento radicarse en ese país.

Pero al nacer llegaría la primera sorpresa, con una confesión profunda. “La tenemos que anotar como hija mía solamente, porque yo en realidad estoy casada acá en Estados Unidos”.

Así el flamante padre se dio con la novedad.

Años atrás, Sol había pagado por un casamiento con un norteamericano de nombre Travis Klose, buscando con ello conseguir su ciudadanía norteamericana, todo a cambio de 16 mil dólares. Y pensó que si anotaban a Julia como hija de Máximo, se complicaría ese trámite que todavía no había conseguido cerrar.

Separados para siempre. Máximo Calderón es el padre de Julia Sofía. Cordobés, tiene 41 años, vive en Villa Allende y trabaja en la salud. Y además, desde hace siete años, forma parte de una hermandad masónica con estrechos vínculos en España.

Sol Romano Pringles es la mamá. También cordobesa, tiene 34 años y desde hace tres vive en Sevilla, junto a sus padres y junto a la pequeña Julia.

La historia personal de Sol no ha sido sencilla. A los 22 años se enteró de que Leonor Romano Pringles, su hermana mayor, la más querida, su favorita, en realidad era su madre. Y que su padre, José Esteban Romano, ex militar de las Fuerzas Armadas, en realidad era su abuelo.
Tal había sido la forma en que esa familia “de apellido” había conseguido ocultar un alumbramiento no deseado, desplazando al verdadero padre de la potestad sobre su hija. Un caso de supresión de identidad, que se resolvió a medias 22 años más tarde.

La familia entera se mudó a España tan pronto retornó la democracia a nuestro país, aunque el nombre del jefe de familia nunca figuró entre las listas de represores.

Las vueltas de la vida la habían traído de regreso por nuestro país, donde soñó con formar una familia con Máximo. Volvieron de Estados Unidos con la pequeña Julia en brazos, e iniciaron una vida normal. Él trabajaba en la salud, ella en un call center. Y Sofía correteaba en el patio de la casa que compartían en Villa Allende.

Pero un buen día, Sol decidió partir. Era noviembre de 2006 y ella dijo que quería llevar a Nueva York unas artesanías cordobesas, para intentar suerte; y Máximo no pudo frenarla. “Yo no me podía oponer porque ni siquiera aparecía como padre, pero sabía que había riesgo de que no volviera", contó el padre de Julia.

Su presunción fue acertada. Intercambiaron varios llamados durante los primeros tiempos en que la mujer estuvo allá, pero entre enero y febrero de 2007 perdió el contacto. Y la siguiente noticia que tuvo fue un llamado de Sol desde el mismo aeropuerto de Nueva York, diciendo que viajaría con la nena hacia España.

Hora de moverse. Máximo sabía que algo se había roto. Y que si no se movía, difícilmente volvería a ver a esa criatura que era su hija, aunque los papeles no lo digan. 

Buscó ayuda en abogados conocidos, consultó especialistas, buscó información en Internet. Pidió ayuda en la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia. Se contactó con Sonia Torres, de Abuelas de Plaza de Mayo Córdoba. Consultó a la Cancillería y al consulado argentino. Y finalmente, decidió presentar una denuncia en la Justicia de Córdoba. La jueza del Tribunal de Menores Nora Alonso le tomó la denuncia e inició las primeras actuaciones, pero luego terminó declarándose incompetente.

Buscó asesoramiento en la Fundación Niños Unidos por el Mundo, creada por Gabriela Arias Uriburu, recibiendo asesoramiento de la abogada Érica Tulián Álvarez, quien le recomendó iniciar una demanda en la Justicia de Capital Federal. La apuesta también llegó a una vía muerta.
El incansable padre sabía que los tiempos de la justicia no eran los suyos. Por eso aprovechó su pertenencia a la masonería para buscar ayuda en sus “hermanos” españoles. Así consiguió apoyo para contratar una agencia de detectives, que en pocas semanas lograron ubicar y documentar la presencia de Sol y Julia en la ciudad de Sevilla.

Cuando Máximo tuvo en sus manos el informe de la agencia Adas donde se descubría con profusión de detalles los movimientos de Sol y su familia, con fotografías de los inmuebles por donde había pasado, documentación de vehículos a su nombre, información de tarjetas de crédito, y una verdadera batería de pruebas, el hombre se convenció de que era España donde había que actuar.

Googleó hasta encontrar un estudio de abogacía que le pareciera confiable, se contactó con el buffet del abogado José Enrique Vázquez Lopez, y lo convenció de tomar el “caso Julia Sofía” para definitivamente recuperar la paternidad sobre la pequeña.

En diciembre de 2009 ingresó la demanda a la justicia civil de Sevilla, y a las dos semanas, Máximo Calderón recibía la primera citación para presentarse a prestar declaración. Tenía que estar el 11 de enero en esa ciudad española.

La hermandad le dio el apoyo para recibirlo y brindarle alojamiento y compañía. Allá Máximo se sintió como en Villa Allende. Pero a los cuatro días de llegar, se sintió como en el cielo cuando volvió a abrazar y hacer trepar a sus hombros a su pequeño retoño.

Agregar un papá. En primera instancia, los abogados de la mujer le propusieron un arreglo extrajudicial: quitar la demanda, a cambio de que se le facilitara un régimen de visitas. El papá no aceptó. “Era más de lo mismo”, respondió, ya enceguecido con su sueño de darle su apellido a la pequeña Julia Sofía. En cambio, le propuso su propio modelo de acuerdo a su ex mujer. Que se allane a la demanda, reconozca la paternidad de Máximo, fijara un régimen de visita razonable, y hasta le aceptara una colaboración pecuniaria como cuota alimentaria. Pero ella tampoco aceptó. Hoy la causa sigue en la justicia española. Antes de regresar a la Argentina, en los primeros días de febrero, Máximo se presentó a la prueba de ADN ordenada por las autoridades, y no tuvo otra que desembolsar los 1045 euros que cuesta el procedimiento.
Para que la nena no lo olvide, le dejó tres regalos en su corta estadía por Sevilla: una guitarra de juguete, una regla de madera (“es un regalo simbólico que significa la rectitud”) y un peluche gigante. El papá asegura que Julia en el acto lo bautizó “Máximo” al simpático monigote.

“Yo quiero agregarle un padre a Julia, no quitarle una madre. Quiero que sea una nena normal, que sepa que tiene un papá y una mamá que aunque estén distanciados la quieren”. Quizás esta vez la Justicia le dé la razón al corazón.

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