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Córdoba

El regreso de los guerreros

Después de seis años de “exilio”, tras el sangriento motín de 2005, la congregación evangélica volvió a la Penitenciaría.

Por Waldo Cebrero - Especial

El patio cinco del Penal de San Martín es un espacio triangular con piso de mosaicos. Está rodeado de muros con barrotes desde donde los presos se asoman para ver pasar el día. En la siesta fría del viernes pasado ese lugar fue el escenario donde ingresó, corriendo como un atleta olímpico, el ex detenido Ariel Calisaya haciendo flamear una bandera argentina.

Acompañando el momento se escuchaban los aplausos de unas 200 personas (entre internos y presos) que realizaban alabanzas mientras la voz del pastor Claudio Acuña, explicaba: “Hoy Dios nos convoca para recordar que acá, entre estos muros, nació el Ministerio de los Guerreros de Jesucristo”. De fondo la escena se completaba con la música de Los Leones de Juda, una banda de música cristiana al ritmo de cuarteto. El viento movía banderas coloradas, lilas y doradas.

El ritual no se veía desde hacía seis años cuando, tras el cruento motín de 2005, las puertas de la cárcel se cerraron para los guerreros que llegaban del exterior.

Ayer, con una emotiva ceremonia mezcla de beatitud, patriotismo, lágrimas y alegría en el corazón de la cárcel, los guerreros regresaron. Con ellos no sólo trajeron el mensaje de Jesucristo, sino también a unos 130 familiares de los 70 presos que integran la iglesia evangélica.

Una flor creciendo en el cemento.

Astrada: la redención. “Vení, te vamos a presentar a Julio Cesar, él creó todo esto”, le dijo a Día a Día uno de los organizadores, pero el guardia nos paró en seco: “No se puede hablar con los internos”. Julio Cesar es Astrada, el Pastor. Un condenado a perpetua que en el año 1993 creó “Los Guerreros de Jesucristo”, el ministerio evangélico que hasta 2002 controló tres pabellones en el Penitenciaría de barrio San Martín. De camisa blanca y corbata amarilla, Astrada abre los brazos en cruz y se entrega, llora, baila y grita: “Aunque vos estés en la calle estás más preso que nosotros. Porque si Dios mirara en los pecados de su pueblo, quién pudiera mantenerse en pie”.

María Elena: la libertad. María Elena Altamiranda baila y parece no sentir el frío. Tiene un vestido de colores y dice que no puede parar, que Dios la lleva de acá para allá. “El anaranjado es la guerra, el celeste es el cielo, y el amarillo; las calles de oro caminaré”, canta explicando los colores de su vestimenta. Su pañuelo lila, pasa de una mano a la otra y es una tela incandescente en la siesta que apenas ilumina el patio.

–Vi a los presos por la ventana y le pregunté: ¿Señor, qué se siente estar ahí adentro?

–¿Y qué te dijo?

–Que las paredes no sostienen a Dios.

El desdén y la misericordia. Atardece en la cárcel. El cielo nublado evapora la silueta de los centinelas en el techo. Desde las ventanas de los pabellones 12, 5 y 2 que rodean al patio, algunos presos miran con desdén a “los que aplauden”, como les llaman despectivamente a los guerreros el resto de los internos.

Uno que no ha podido salir, cruza las manos, baja la frente, y llora. Hoy el 10 es el único “pabellón iglesia” donde conviven unos 70 “guerreros”. Ahí, el régimen de conducta impuesto por el pastor Astrada, (líder religioso que cumple el rol de jefe o “pluma” dentro del pabellón) es estricto. No se fuma, no hay drogas, hay que orar cuatro veces al día y asistir a reuniones semanales con feligreses que ingresan desde afuera. En otro tiempo, el Servicio Penitenciario enviaba allí a los presos “ingobernables”, a los peores, para garantizar la paz en los pabellones.

Al salir, algunos siguieron vinculados a “Los Guerreros”, pero muchos otros no, y volvieron a reincidir.

Rita: el dolor y el perdón. Rita Carrizo tiembla de frío y tiene la mirada descolocada. Aprieta la cara de Diego, su hijo preso, y lo mira con rabia. “¡Tenías una cara de Diablo antes!”, le dice. Rita no canta ni aplaude. “Yo no soy religiosa, pero mi hijo sí. Esto me duele mucho. Hace cuatro años que está preso y es la primera vez que lo veo. Yo no lo crié para esto. No lo parí para venir a verlo acá”, dice.

Antes de que todo termine Astrada llorará una vez más y contará que no conoció a sus padres, que durmió bajo un puente, que estuvo en un internado y que nunca supo leer ni escribir. Que una vez Calisaya lo apuñaló en la cárcel, pero que ahora son amigos y dirá también que a través de “Los Guerreros”, Dios le devolvió la esperanza: “Me miré, me reconocí, me acepté. La verdad nos hará libres”.

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Auge y decadencia de “Los Guerreros”
Desde mediados de los ‘90 en las cárceles de todo el país aparecieron con inusitada fuerza los movimientos evangélicos. En Córdoba, el agrupamiento más notorio fue el de “Los Guerreros de Jesucristo”. Creado en el ‘93, “Los Guerreros” ganaron poder en el penal luego de una violenta pelea ocurrida en 1997, donde murieron algunos internos. Tras esa riña, el Servicio Penitenciario “entregó” el pabellón 10, de presos con mala conducta, a Julio Astrada, que en ese tiempo estaba en el 3. Le negociación tenía un fin estratégico: garantizaba la paz interna, se decía que con la palabra religiosa, pero también con la presión física de los “presos viejos”. Así, los pastores extendían su dominio a través de la religión y los presos hacían “buena conducta”. Coincidiendo con la supresión del dos por uno, los movimientos evangélicos fueron perdiendo peso. Hace ya 7 años que “Los Guerreros” perdieron fuerza dentro del penal, pero afuera trabajan a través de la fundación “Una Luz de Esperanza”, creada en el 2009.

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La historia de un amor
En 1992, cuando cumplía los primeros meses de su condena por homicidio, Julio Cesar Astrada tenía 23 años y ya planeaba fugarse. “Quería salir para matar a los que me había acusado injustamente”, dice. Una tarde, siguiendo el plan de fuga, Julio bajó al gimnasio, pero estaba cerrado. “Astrada, ¿querés venir al culto?”, le preguntó uno. “¡Qué culto! Dejá de joder”, dijo, pero se acercó igual: “Fui para ver por dónde podía salir, pero me encontré con Dios”. De a poco, Astrada comenzó frecuentar las reuniones evangelistas y a escuchar “Con todas las ganas”, un programa emitido por una radio donde trabajaba Vilma. “Vilma… ella es la lavadora de mi alma”, dice Julio. Vilma Domínguez de Astrada es una mujer robusta y pálida, que habla pausado y cuando camina se balancea serena. “Empezó mandando cartas a la radio y yo las contestaba –cuenta–. Carta va, carta viene y todo se ponía más romántico, hasta que nos conocimos, nos pusimos de novios y en 1996 nos casamos. Fue el primer casamiento evangélico en la cárcel y mirá: hoy, tenemos tres hijos que los hicimos acá”.

Pocos años antes de casarse Astrada había creado a “Los Guerreros de Jesucristo” y se convirtió en el primer pastor “bendecido” dentro de una cárcel. Durante el motín del año 2005 intervino, según él afirma, para controlar la situación y contener a los guardias que habían sido tomados como rehenes. Sin embargo, al preso que la semana pasada le secuestraron una púa en su celda, la Justicia lo condenó como cabecilla del motín y le amplió la pena.

En el 2007 conoció otra mujer y dejó de ser pastor por dos años. La ceremonia del viernes fue el esperado reencuentro de Astrada con sus feligreses después del motín. Con Vilma se ven miércoles y domingo. Hablan por teléfono a diario y hacen el programa radial “Conoce la mano de Dios”, él desde la cárcel y por teléfono. “Somos felices. No tenemos los roces de la convivencia”, dice Vilma. En febrero del 2019 Astrada saldrá en libertad.

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Tocar el fondo y volver
Cuando Claudio Perona cayó preso en 1994, tenía 18 y hacía una década que robaba. Era vecino de Ariel Calisaya, y en barrio Patricio comenzaron a los 8, “robando de las sogas de los vecinos y después con fierros”. Curiosamente, la cercanía con la muerte los puso “frente a Dios”. Claudio se “evangelizó” luego de un intento de suicidio en su celda de la ex cárcel de Encausados. “Había atado el cinto para colgarme y justo un pastor toco la puerta”. Calisaya pensó en Dios cuando se desangraba en una sala del Hospital de Urgencia, tras haber recibido 10 puñaladas durante una riña en el año 2000. “Yo era muy problemático. Además la cárcel estaba superpoblada. Había droga y peleas todo el tiempo”.

Claudio y Ariel salieron en el 2005 y son dos pastores referentes entre “Los Guerreros”. Juntos visitan las cárceles de la provincia y generan nexos entre las familias y los internos, para su futura reinserción. “Les pasa a todos los presos. Hasta que no tocan fondo, no entienden que no es así. Nosotros queremos que se incorporen a la sociedad a través del trabajo y la fe”, dice Ariel, que viste traje y se peina a la gomina. Claudio no es menos prolijo y pese a su apariencia de ejecutivo se dedica a hacer pastelitos. Calisaya hace marcos de aluminio con otros ex presos en un taller de barrió Argüello. “Dependemos de la confianza de la gente. Si nos quieren contratar, nos pueden llamar al 0351- 152388191”, invita.

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