Córdoba

El milagro de la cárcel sin barrotes

La cantidad de presos alojados en las cárceles cordobesas abiertas creció 146% en los últimos tres años.

Una foto grande, a fondo negro y buena iluminación. Un penitenciario con su uniforme reluciente, ambos brazos pegados al cuerpo y una sonrisa. A su lado, un interno, también sonriente, con su mejor ropa y con el mismo gesto corporal. Son empleados reales. Son internos reales. Parados de igual a igual, complementándose.

“Ésa es la idea de este lugar. Al penitenciario lo vemos como un compañero, como un tipo que nos ayuda en esta última etapa de la condena”, cuenta César, un interno que participó fotografiando y también posando para esa muestra que hoy se exhibe en el casino de empleados.

“Acá lo que hacemos es empezar a desinstitucionalizar al interno. A sacarle la reja de la cabeza”, cuenta Julio Cachiarelli, director del Establecimiento Penitenciario 9, conocido como el ex Crom, que funciona detrás del Hospital Misericordia. Casi que no se le podría decir cárcel, porque nada allí se parece a tal cosa. No hay candados, barrotes, ni rejas. No hay requisas, esposados, ni pabellones. Sólo se mantienen las celdas, pero son abiertas, limpias, ordenadas.

Allí lo cotidiano es escuchar hablar de confianza, beneficios, acercamiento familiar, salidas, autodisciplina. Allí lo que se pregona es el estudio y el trabajo, y el definitivo acercamiento a la libertad.

Construir libertades. Las únicas plazas que ha sumado el sistema penitenciario de nuestra provincia en los últimos tres años ha sido en cárceles abiertas. Mientras que en diciembre de 2007 toda la provincia contaba con sólo 117 plazas de este tipo, en la actualidad la capacidad de las cárceles abiertas creció hasta 287, lo que implica una suba del 145 por ciento. La cantidad de internos alojados en ellas es levemente menor: 269, mucho más que los 109 que tenían el beneficio hace sólo tres años.

“Fue uno de los principales reclamos que recibimos de parte de los internos al inicio de la gestión. No los pasaban de fase y quedaban años estancados repitiendo la misma etapa”, admite Luis Angulo, ministro de Justicia, bajo cuya órbita funciona el Servicio Penitenciario de Córdoba. “Estuvimos  convencidos de la importancia de dar cumplimiento a esa etapa de las condenas como paso previo para la obtención de la libertad”, sostiene el funcionario, explicando así la génesis de su política carcelaria.

Lo interesante de la gestión fue cómo se la llevó a cabo, ya que en la inmensa mayoría de los casos las construcciones fueron realizadas por los propios internos. “El ahorro en comparación con una licitación puede llegar hasta al 80 por ciento”, señaló Angulo, aludiendo también al “proceso integrador que representa para el interno el hecho de construir plazas en una cárcel abierta que él mismo va a disfrutar y que luego beneficiará a los que vengan detrás”.

Cómo funcionan. Una cárcel abierta es prácticamente un dormitorio para los internos. Hay siete en toda la provincia: Montecristo, ex Crom, Cruz del Eje, San Francisco, Villa Dolores, Villa María y Río Cuarto. Salen de día a trabajar o a estudiar, y sólo les toca volver de tarde, para dormir adentro, esperando a que llegue el fin de semana para marchar a sus hogares hacia el llamado “afianzamiento del vínculo familiar”.

Estos beneficios son disfrutados por aquellos internos que están en las últimas etapas de sus condenas, siempre y cuando hayan avanzado en la progresividad que prevé la ley de Ejecución de la Pena Privativa de la Libertad (24.660). La norma señala que para acceder a una cárcel abierta el interno deberá “merecer del organismo técnico-criminológico un concepto favorable respecto de su evolución y sobre el efecto beneficioso que el régimen de semilibertad pueda tener para su futuro personal, familiar y social”.

El pilar de lo que prevé la ley es la llamada “autodisciplina”, como lo explica el director José Cachiarelli. “Acá el interno que quiere cambiar tiene todas las herramientas para hacerlo”, asegura a sabiendas de que el régimen abierto genera dudas y miedos en buena parte de la sociedad, que se pregunta qué garantía se puede tener de que los internos que salen no vayan a cometer nuevos delitos.

“¿Garantías?”, dice el jerárquico. “Sería soberbio dar garantía de nada. Lo único que garantizamos es que acá hay un gran equipo que trabaja mucho para que el interno salga lo mejor preparado”.

Angulo, por su parte, aporta una mirada más integral: “Es cierto que hay parte de la sociedad que quiere palo y mano dura. Pero ésa no es la solución. La experiencia de estos tres años de gestión dice lo contrario, y estoy convencido de que la reinserción del delincuente es parte de una buena política de seguridad”.

Deserción y reincidencia
Darle a un condenado la posibilidad de ir y volver, de salir libremente sin custodia ni dispositivos electrónicos de monitoreo, sin dudas conlleva un riesgo: que el interno no vuelva más.

Hay que decirlo; situaciones como éstas no son excepcionales, aunque sí proporcionalmente bajas. Durante todo 2010 se han acumulado 10 deserciones de internos alojados en establecimientos abiertos. “La mayoría fueron recapturados”, aclara Julio Cachiarelli.

Todo penitenciario hablará de “deserciones” y no de “fugas”. Si no hay rejas ni mecanismos de sujeción, el tipo se puede ir cuando quiera, y si se queda es porque acepta el régimen.

En proporción, 10 deserciones de entre 269 internos no es una cifra que preocupa. Apenas un 3,7 por ciento. Y en todos los casos, al ser recapturados pierden automáticamente el beneficio de la cárcel abierta y deben cumplir sus condenas en establecimientos comunes.

Para proveer un mejor control, en los últimos años se implementaron sistemas de visitas al azar, para verificar “que el interno está donde dice estar”. Para las autoridades, el nuevo sistema viene dando resultados.

Sin embargo, las situaciones que mayores disgusto causaron en el seno de la Justicia y el Servicio Penitenciario fueron los casos Gallardo y Toledo, internos sorprendidos robando en 2009. “Fueron fracasos graves”, sostuvo el director, argumentando que “en esa época los controles no estaban”.

Autodisciplina. Pese a los beneficios que implica la cárcel abierta, la pulsión hacia la definitiva libertad es algo innegable para los internos. Pero es cuestión de domarla. “Si llegaste hasta acá es porque ya venís con una conducta hecha” señala el Turco, un interno que desde hace cinco años está alojado en el Crom, y que todas las semanas sale a trabajar en su propio taller metalúrgico, sin haber cometido jamás el menor desliz. “La condena más dura es la de la sociedad. Pero siempre hay alguien para quién vivir y salir adelante”, reflexiona, conforme con el régimen que ha sabido aprovechar.

Su compañero, César, estudiante universitario y fotógrafo, sostiene que “son espacios que va ganando el interno en tanto y en cuanto vaya manteniendo la disciplina”.

Sus reflexiones las completa Ricardo, avanzado estudiante de la licenciatura en Historia y apicultor. Se muestra conforme por los espacios de libertad, pero advierte que “no es fácil tenerle paciencia a los tiempos de los Juzgados de Ejecución, que están abarrotados de presos”, considerando que todo el sistema “debe estar dispuesto a hacerse cargo de los imposibles”.

Sentadas a la mesa redonda
En octubre de 2009 se marcó un hecho inédito en la historia penitenciaria de Córdoba: se inauguró la primera cárcel abierta para internas. Adosada al mismo ex Crom, es una casita de tres dormitorios con capacidad para seis internas. Con ella se salvó una vieja deuda con el género femenino.

Kika Reyna es una de las seis habitantes de esa casa, y por ser la más veterana pareciera comandar la ronda de mates. “Pensé que nunca se nos iba a dar este beneficio a las mujeres, porque por una cuestión de género siempre somos las últimas”, dice en tono crítico.

Lidia, Sandra y María José son algunas de las compañeras que se prenden a la charla. La primera, Lidia, cuenta orgullosa del préstamo que tramita en el Banco de la Gente “para poner un negocio”. La segunda, Sandra, sonríe de oreja a oreja: el 21 de enero recupera la libertad y vuelve a su pueblito de Traslasierra. La tercera, María José, algo más tímida, se entusiasma porque la Justicia le autorizó los fondos de reserva para comprar una máquina de coser industrial.

“Ella es una excelente costurera”, la presenta Kika, mientras María José asiente con timidez, y dice que está montando el taller en su casa de barrio San Fernando. Pero luego se anima a dar su opinión: “Este lugar te vuelve a abrir las puertas que vos misma te cerraste”. Las demás asienten.

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El texto original de este artículo fue publicado el 02/01/2011 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición digital para leerlo igual que en el papel.
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