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Cuando eras chico T contaron una historia...

...y era linda. La de cómo explicarse dónde y cuándo nació ese amor. El que hoy duele; y aún, en la miseria, se ramifica.

Es el día de siempre con el rito consagrado de cortarlos. De crear esos rectángulos sin forma, que le dan un crujido póstumo a las noticias que ya eran viejas. ¡Raaaaj! una vez y mil más. Los titulares que se mezclan con las fotos, con los avisos clasificados y que se amontonan en la bolsa transparente. Ese mismo bollo que sorteará con éxito el control policial cuando le hundan los pulgares dos o tres veces y que se bañará del más hermoso libertinaje por el aire, haciendo lo que se les antoje. Y serán la cortina gris de una tarde dorada de sol que obnubilará otra vez la fila india albiazul. Aparece el equipo y todos se dan cuenta cuando el del chaleco levanta los brazos anunciando que ahí salen. Y no serán vistos por un buen rato, hasta que el capricho de los papelitos le den paso al estruendo incomparable. ¿A quién se le ocurrió todo esto? Para alguno es una idea vaga, de aquel padrino portador del virus del fanatismo. Para otro será la transfusión sanguínea del verbo alentar, conjugado a cada rato, desde el jardín de infantes a la adolescencia gracias al hermano mayor. O quizás sea la imagen entrañable, emocionante del viejo con la spica en su oreja colorada.

Será de distintas maneras, como el bebé aún húmedo de placenta que ya tiene su carnet de socio. La raíz seguro que está ahí, cuando eras chico. Sí, cuando eras chico te contaron una historia, una historia que era linda. Porque si alguien se hizo fana después de los 10 ó 12 años que avise rápido así ingresa al museo de las rarezas de la pelota.

Son las historias más variadas que fueron deambulando de lengua en lengua. Como esa que cuentan cuando el Hacha Ludueña se juntó con Valencia para ver cómo se arrodillaban a sus pies el Beto Alonso y Daniel Passarella en otra versión del mejor River de todos los tiempos; ese que regaló en el destino a un Ángel Labruna, el mejor de la historia riverplatense y que quiso ser más grande aún para sentarse en el banco de barrio Jardín.

O quizás venga a colación otro capítulo de tantas historias. Como cuando vieron en la popular norte del Chateau cómo se agigantó el Mono Navarro Montoya. El ícono del arco boquense se agrandaba más y más a medida que José Luis Pochettino encaraba con la pelota. Nadie olvidará como la Pocha enhebró con un toque suave el último huequito de luz que asomaba por debajo de uno de los brazos del Mono, rodilla en tierra, haciéndole la de Dios. Y de cómo aquel 1-0 al inoxidable xeneize es aún una foto inolvidable.

Los de más acá lloraron de alegría con el Matador del Tigre Gareca. Mamita, con el 5-0 a Belgrano, el baile del Cachi Zelaya, aquel que después les dio la vuelta en la cara en el ‘98 con la Chanchita Albornós y Dieguito Garay.

Los de más allá contarán una historia de una tal Wanora Romero, ese pintón de ojos claros que lo comparaban con una moderna máquina de coser en los ‘50 y ‘60 y que justamente contradecía tales bondades descosiéndola en la Boutique. Y también acoplarán goles gestados en mágicas pócimas a través de los pies del Atilio y del Daniel Willington. Padre e hijo, dieron eternidad a un apellido.

Y habrá uno que pasará factura a los de Alta Córdoba con otra vuelta en la cara en los ‘90.

Cuantos más ilustres e ignotos habrán usado la azul y blanca, esa que quiso confundir con los caprichos de las empresas de indumentaria apareciendo en amarillo, en bordó, en blanco y ahora en verde. Pero cuantos latidos bombearán en sus mangueras ventriculares los chorros del azul, del blanco, del brillo de épocas doradas.

Y ya en el ostracismo del descenso, de aquel llanto del Gordo Kenig cuando la humillación correteó al orgullo de ser únicos, aún así hubo tiempo para unos pocos lamentos y para soñar con el regreso. O en el 2004, cuando se fue otra vez a la B, con un Chateau lleno, hinchado por tanta vergüenza. Claro, el mismo de la Conmebol, de la Copa Libertadores.

Y ahora, con un paso en falso más. Con aquel que vivió su propia historia, la de estos contemporáneos que no supieron mucho de los Galván, los Quiroga, los Bevilacqua, los Taborda, los Rivadero. Con estos pibes que hoy caminan por el sendero de la confusión que se arrima al dolor, al llanto lejano de Córdoba, de esos pocos que representaron a cientos de miles en la cancha de Quilmes.

Aquellos que en un mes recordarán la pesadilla con una sonrisa a una millonésima cargada. Esos que harán la cola para la entrada, que cortarán los papelitos otra vez, que se comprarán el aerosol para pintar el trapo. Aquellos que lloran su sangre, que no se permiten un suspiro a tanto lastimoso sentimiento estarán y dejarán otra semilla, escondida al calor de otro aliento que la alimente para brotar por los poros y ensombrecer un presente que pronto será pasado. Como aquella vez, es que algunos recuerdan como si fuera hoy, aquellos que en su vaguedad hurgan en el origen de su pasión. Serán siempre los mismos que cuando eras chico. Porque cuando eras chico te contaron una historia, esa que era linda, que volverá a serlo y que se criará bajo la bandera y el canto, con frío, calor o  bajo la lluvia, ramificando su amor incondicional, su amor eterno.

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