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Córdoba

Con barro hasta las orejas por el cole

La escuela Alfredo Bravo de Río Ceballos trabaja en su nuevo edificio. Es de adobe y todos se están embarrando para tenerlo listo el año que viene.

En Río Ceballos están “zapateando” porque la escuela Alfredo Bravo no tiene edificio propio. Desde enero, todos los meses, padres, docentes y alumnos se juntan para cambiar la situación. Pero no zapatean para hacer berrinche, para que alguien venga y les regale el cole nuevo. Zapatean para construir su propia escuela, chapotean en el barro amasando la tierra que les dará refugio. Zapatean para obtener la materia prima del nuevo edificio: el adobe.

La escuela, de a poco, se va levantando en barrio Loza en un terreno que la Municipalidad de Río Ceballos le cedió al instituto técnico Maestro Alfredo Bravo. El cole está diseñado bajo el concepto de “bioarquitectura”. Los materiales que se utilizan para la construcción son maderas, cañas, ramas de siempre verde, arcilla, arena fina y paja. Todos elementos al alcance de la mano en cualquier loma de la ciudad de las Sierras Chicas.

El proyecto del cole no sólo apunta a tener un nuevo lugar para dar clases. El cooperativismo, el compañerismo y la participación son los valores que este emprendimiento promueve. “Somos un colegio técnico con orientación en construcción. Siempre estamos abiertos a nuevos materiales y tecnologías, y hacemos salidas pedagógicas. Una vez visitamos el Ecobarrio de Salsipuedes y vimos el proyecto en bioarquitectura. Ese fue el despertar en este aspecto”, contó Ana Celia Pouza, directora de la escuela.

Historia. La necesidad de un nuevo edificio para el cole surge por un emplazamiento de la Dipe para que la institución tenga sus instalaciones propias y porque el dueño de la casa donde está ahora la escuela quiere vender su propiedad.

El Alfredo Bravo fue fundado en 2004 por una cooperativa de trabajo que se lleva el mismo nombre, y la historia de la institución demuestra que entre esas paredes todo se hace a fuerza de pulmón.

Hasta 2007, los profes trabajaron ad honorem. Luego, comenzaron a percibir un subsidio para sueldos de la Dipe con la condición se que se mudaran de lugar. Desde ese momento, cada uno de los docentes dona el 10 por ciento de su salario para contribuir al mantenimiento de la escuela. “Los chicos sólo pagan 120 pesos de cuota. Tenemos becados al 30 por ciento de los alumnos y el 20 por ciento tiene libreta de Asignación Universal por Hijo”, explicó la dire.

Después de varias idas y vueltas para conseguir el terreno, la institución logró que en 2006 la Municipalidad les donara un lote. Ana aseguró: “Era pequeño y tenía mucha inclinación, pero lo recibimos de buen grado. Después, cuando cambió la gestión, nos dieron el terreno a donde estamos ahora, que es mas grande y más plano”.

El colegio ahorró mucho dinero con las nuevas tierras, ya que no tuvieron que nivelar el terreno, y también con la decisión de hacer el edificio de adobe, porque la obra completa, en la que están contemplados un patio interno, ocho aulas, baños y una cancha de fútbol, costará apenas 60 mil pesos.

Mingas. Al cole lo levantan entre todos. Hay un grupo de constructores que se encarga de las estructuras base de la escuela, estudiantes que están haciendo pasantías y la comunidad educativa. Los planos fueron presentados en diciembre. Los profes, la dire y los preceptores trabajaron todo el verano colaborando y cuando empezó el ciclo lectivo, padres y alumnos fueron invitados a la construcción.

La tarea que tienen es rellenar las paredes de las estructuras que se levantan. Tienen un “pisadero”, donde se mezcla arcilla, arena, paja, ¡y a zapatear! El resultado es tierra estabilizada que se coloca en un encadenado de cañas para darle forma a las paredes. “Se le llama las mingas. La palabra viene de nuestros aborígenes y significa juntarse para construir algo para la comunidad.  Nosotros la llamamos ‘la minga de la construcción’. Tenemos una por mes. En julio no la hicimos por el frío y la próxima es a fin de octubre”, contó Ana.

El diseño del nuevo cole es muy particular y tiene mucho que ver con la metodología de enseñanza de la escuela. Las aulas están pensadas de forma octogonal para que los alumnos se sienten en círculos. La dire explicó: “La pedagogía cooperativa atraviesa todas las materias. Por eso, las aulas son circulares, para la circulación de la comunicación, del conocimiento. No nos vemos la nuca con el compañero, nos vemos la cara”. 

Medio ambiente. La inclinación por la bioarquitectura no sólo se sustenta en lo económico. El cuidado del ambiente tiene mucho que ver con la decisión. “Esto es autosustentable. Hace cinco años que estamos en crisis de agua, y estamos acostumbrados a que nos corten la luz a cada rato, no hay cloacas, ni gas natural”, detalló Ana.

Para cada una de estas falencias, el diseño de la escuela de adobe tiene una respuesta. Por un lado, trabajar las paredes con la tierra provee aislación térmica. Genera una temperatura constante de 16 grados en los interiores. “Con esa temperatura, en verano está hermoso. Si en invierno tenés bajo cero, con 16 está espectacular. Con eso solucionamos la falta de gas”, aseguró Pouza.

Las luceras cenitales en el techo de las aulas y las ventanas a los alrededores proporcionan mucha luz, por lo que la dire piensa que “hay ahorro energético por todos lados. Además, vamos a trabajar con techos vivos para aprovechar el agua de lluvia. Tenemos pasto crecido de la cancha de Chateau para colocar”. El baño será el único ambiente con techo de chapa.

Los alumnos más avanzados hicieron las rejas de las aulas. Ahora, todos trabajan a contrarreloj, zapateando, ayudando, compartiendo. Todos se embarran hasta la cabeza con la idea de empezar 2011 con escuela nueva.

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