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Buenos modales

Se tienen o no se tienen. De chiquitos aprendemos que son poderosos y mágicos. De grandes los tenemos incorporados como hábitos; y si no, serán una ausencia difícil de incorporar, porque son de esas cosas que se aprenden de “chicos y en la casa”.

28/11/2009 00:05

Por Redacción Día a Día

La modosita
Un hombre sin buenos modales es intolerable. Una mujer, peor. El machismo, la vinculación de la mujer como principal educadora, o simplemente la costumbre, depositan en la mujer una pretensión general de que sea alguien con buenos modales. Los buenos modales son una cualidad distintiva de la personalidad, con los que se irradia elegancia, naturalidad, sencillez y a través de los cuales se demuestra la clase de educación de las personas. Cuando somos chicos, en casa y en la escuela, nos enseñan que mostrando buenos modales, se consiguen más cosas, y por lo tanto, unas mejores relaciones.

Los buenos modales, son expresiones del comportamiento de las personas, que reflejan su educación respecto al respeto por sí mismo y por los otros. Sonreír, tener el hábito de saludar, evitar las palabras ofensivas, evitar comunicarse a los gritos, agradecer, pedir permiso y por favor, son algunos comportamientos que parecen básicos, pero que en la realidad muchas veces brillan por su ausencia, tanto en hombres como en muchas mujeres.

“No soporto la falta de educación básica en el trato que tienen algunas personas. Hoy sin ir mas lejos, tenía detrás de mi auto, el de un chico joven que venía gritando e insultando como loco porque quería que fuera más rápido. Nos terminamos poniendo al lado en un semáforo. Estaba colorado y sulfurado de tanto insultarme. Lo miré, y el tipo sintió su propia vergüenza. Lo fulminé con la mirada, hasta hacerlo sentir incómodo por lo gratuitamente grosero que había sido”, relata Marisa, de 34 años, diseñadora.

Educación: divino tesoro
Hay cuestiones que no deberían pasar de moda. Cosas que tendrían que considerarse como valores sociales, no sujetas a los cambios ni de las modas, ni del desgaste del paso del tiempo. Cuestiones como el respeto a los mayores, el ceder el asiento, el agradecer y pedir por favor, el decir permiso o disculpas. Muchos buenos modales tienen que ver con convenciones sociales de cortesía, pero otros, con el más absoluto sentido común.

Permitir que pase primero una embarazada en la cola, o dejar que se siente una anciana, deberían ser cuestiones de la más básica naturalidad.

Sin embargo, cada vez es menos frecuente encontrar estos comportamientos en la calle o entre la gente.

“Es algo que nos define culturalmente. Estando en Australia, un primo arrojó el envoltorio de su caramelo al piso, en una plaza. El guía australiano que lo acompañaba, lo miró, pero si bien sintió mucha vergüenza, más le daba volver a recoger el papel, y prefirió hacer como que no había pasado nada. A la noche, en el hotel, el recepcionista le acercó un sobre de la agencia de viajes. Adentro estaba el papel del caramelo y una nota: “En Australia nos esmeramos en mantener limpio nuestro país. Le ruego colabore con esto mientras dure su estadía”, decía. Aprendió la lección, imaginate”, comenta Candelaria, de 31 años, profesora de danzas.

Tratame bien
Será tal vez que en la pérdida de muchos valores, los de los buenos modales no son sino una mínima expresión de ese fenómeno de empobrecimiento social que sufrimos como sociedad. Son tal vez asuntos que parecen menores, sí, pero a la vez, significativos.

Muchas personas lamentan la pérdida de detalles como los de abrir la puerta, correr la silla, o pagar la cuenta. Pero la verdadera pérdida radica en otros comportamientos más elementales como los de reparar en el otro, en desconocernos como conciudadanos, en imponer siempre nuestras propias prioridades, o ser indiferentes a las necesidades de los otros.

“Mientras trabajo, dejo el auto estacionado en una playa a mitad de cuadra. Cuando salgo, me cuesta dar con un conductor que viéndome, me de paso. Es como que es al revés, aceleran para evitar que yo salga primero. Sería para ellos perder como mucho unos cinco segundos, pero el drama es que hoy, nadie quiere perder ni cinco segundos a causa del otro”, comenta Marisa.

Made in casa
Los hábitos de conducta y los buenos modales, se aprenden en la casa. Otros agentes de socialización, como la escuela, el club, los amigos, van a influir, pero es en el propio hogar, y cuando las personas están formando su personalidad, que estos valores se impregnan en cada uno en forma más profunda.

Es en el propio hogar donde se “mama” el respeto a los mayores, a la maestra, a las instituciones.

“En mi casa a la abuela había que respetarla. Yo creo que mis viejos le tenían tan poca paciencia como nosotros, los nietos. Pero se mordían, no se, evitaban que viéramos que le faltaran el respeto. Y si uno de mis hermanos o yo por ahí le contestábamos mal, se venía la reprimenda.
Había que respetarla, por la edad, por el vínculo, porque era una persona anciana… Yo agradezco esa enseñanza. Porque el haber crecido con esa consigna, me permite tener en claro que hay que respetar al otro, aún cuando es mayor, y requiere de toda la paciencia. Creo que eso me hizo mejor mujer. Enseñanzas como esas son las que más valoro cuando repaso mi propia formación”, relata Adriana, de 29 años, médica.

La ley de la selva
“Animales. Nos comportamos como animales. Ni siquiera sirve del todo la comparación, creo que en la naturaleza hay ciertos valores entre los miembros de una comunidad animal, que en los humanos se están perdiendo. Qué modernidad, qué civilización, qué avance de la humanidad, ni ocho cuartos. Estamos retrocediendo. Si ves que en la calle te llevan por delante, y ni se dignan a pedirte perdón, si ves que cualquiera arremete de cualquier forma al otro... Y no es una cuestión de educación formal, hoy los chicos de clase alta son iguales o peores de maleducados que los chicos de familias carenciadas. Es una cuestión cultural. A mí me pasa con mis propios hijos, les digo: 'Saluden' y me miran con cara de 'Dejá de hinchar'. Es como si la educación, la buena educación, no estuviera de moda, como si fuera cosa de viejos o de pacatos”, comenta Fabiana, de 47 años, enfermera.

En la República de China, a partir de la organización de los Juegos Olímpicos del año 2008, se inició una fuerte campaña dirigida a mejorar la actitud de la población, a fin de que sean respetuosos con los turistas que se esperaban durante el evento deportivo mundial. Estaban preocupados por los buenos modales de sus ciudadanos. Se invirtieron millones en tratar de inculcar lo que se supondría debería ser básico en la cultura de una sociedad. Y eso que hablamos de un país milenario, con mucha conciencia del respeto al otro, sumamente necesario para llevar adelante una vida en sociedad conformada por millones de habitantes por ciudad. Es que siempre se habla de modernidad y de progreso de los países y las organizaciones, en términos de  sus procesos organizacionales y productivos, los desarrollos científicos y de las nuevas tecnologías y del avance en cuestiones referidas al bienestar. Y si bien no se puede negar que la humanidad ha avanzado mucho en estos terrenos, es mucho lo que nos queda por adelantarnos en lo referido a la modernidad cultural.

“Es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador”...

La libertad individual se extiende “hasta dónde comienza la libertad del otro”, algo que no se practica habitualmente. En nuestra vida moderna, somos ignorantes de las necesidades del otro.

El “Manual de Carreño”, publicado 1853, fue un libro clásico de urbanidad  que indicaba comportamientos para convivir teniendo en cuenta los buenos modales. Un libro anticuado que tal vez convendría recuperarlo como lectura obligatoria.

Sólo ver como se comporta un adulto en su auto, hace evidente el nivel de agresividad y la intolerancia que tenemos detrás de un volante. Pero no sólo la falta de educación es cosa de los automovilistas. Es una pérdida que salta a luz con solo ver cómo se tratan los niños desde el propio jardín de infantes.

Salivar es algo desagradable, aunque lo veamos cotidianamente en la vía pública. Pero difícil concientizar a un niño de que no lo haga, si lo ve todo el tiempo como conducta de sus ídolos deportivos en la televisión, durante los partidos de  fútbol. Tirar desperdicios sólo en basureros, es algo que debiera indicar el sentido común, pero: ¿Cuánto esfuerzo ponen los que dirigen las ciudades en colocar y cuidar cestos para la basura? Nos quejamos de la falta de conducta de los automovilistas, pero: ¿Cuántos peatones avanzan por su derecha, o dejan libre el lado izquierdo para quienes van más rápido? ¿Cuántas madres se preocupan en el embotellamiento que provocan cuando van a llevar o a buscar sus chicos a la escuela, estacionando mal sus coches? ¿Cuántos peatones cruzan las calles en las esquinas? ¿Cuántos fumadores se fijan si están perjudicando a terceros? ¿Cuántos vecinos escuchan música fuerte a cualquier hora, sin preocuparse en incomodar a otros? ¿Cuántos respetan las “colas” de ayer, hoy las filas o los números para ser atendidos y no adelantarse a cualquier costo? ¿Cuántos reaccionan ante un evento inesperado intentando dialogar y resolver el conflicto civilizadamente, en lugar de imponer su razón a través de la violencia?

La falta de respeto al medio ambiente (pintadas en las montañas, maltrato a los animales, abandono de mascotas); los sobrenombres despectivos en los colegios, en el deporte, en el trabajo; subirse a los colectivos con mochilas, helados u otros objetos que perjudican a otros; quedarse cerca de la puerta del ómnibus para bajar más rápido, aunque esto incomode a la bajada o la subida de otros; y la lista de ejemplos podría no terminar nunca, y nos demuestra lo mucho que tenemos por delante.

A quién le importa
La educación en los buenos modales está pasada de moda, y punto. Y esta pérdida que parece menor, nos minimiza como especie. Nos retrocede, nos empequeñece.

Los hombres y mujeres urbanos modernos, son los que menos creen en esta necesidad, a pesar de ser quienes mas padecen la falta de esta cultura social. Es en las comunidades más pequeñas, o en las rurales, donde tal vez más  se pueda encontrar resquicios de esta forma de comportarse socialmente.

“Vas al campo, y los niños te tratan de usted, y son serviciales y atentos. Lo mismo que sus mayores. Y vas al norte de la argentina, y ves con qué respeto se desenvuelven las personas más pobres y menos educadas formalmente. Y entonces, venís con la sensación que tu modernidad, tus estudios, tu cantidad de horas de televisión y lectura de diarios, no te hacen más educada. Te sentís ignorante. Y es lo que somos. Algo que parece no molestarle a los políticos, que no les importa a los dirigentes, ni a los sindicatos, ni a los que administran la programación de un canal de televisión. Y lo que es peor, algo que parece no ser prioritaria para los que formamos parte de esta sociedad. Como si no fuera algo prioritario, en nuestra desesperación de producir y salir adelante a costa de cualquier cosa. 'Es gente muy sumisa', me dijo una amiga refiriéndose a una familia del campo, un día que fuimos de paseo y nos topamos con un grupo de lugareños que nos sirvieron de guía. No, dije yo: es gente muy educada. Algo que a nosotros, ya no nos caracteriza”, comenta Candelaria.

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