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Ocio

Bailar pegados

Las generaciones actuales se están perdiendo las maravillas de los lentos. ¿Cuántas parejas se armaron bailando un “temazo” lento? ¿Cuántas se reconciliaron? ¿Por qué dejaron de usarse? Los chicos de 20 años no pueden imaginar lo que era que, en algún momento de la noche bolichera de hasta entrados los 90, pusieran música lenta.

Los lentos para ELLOS
Los lentos se escuchaban por los poros, y se bailaban al ritmo de las pulsaciones…

Sólo a lo que no tiene respuesta, podría adjudicársele la pérdida de una costumbre con la que todos ganaban. Es que ya, hace varios años, se dejó de bailar temas lentos. Quién no recuerda esos temas que cortaban el ambiente, que pegaban directo al corazón y generaban una emisión extra de adrenalina. Los lentos estaban repletos de ventajas.

No discriminaban: nada más democrático para bailar. Con los lentos, el “pata dura” zafaba como un rey. Era cuestión de saber un par de cosas básicas: las manos de ella, en los hombros de él; los de él, en la cintura de ella, y después... nada, un paso hacia un costado, y otro hacia el otro, más o menos a ritmo, nadie podía indicar quién bailaba mejor o peor un lento. Los lentos igualaban para arriba. Con los lentos todos éramos Travolta.

Habilitaban: si no eras un lanzado,  era una ayuda para “hacerle el filo” a la mujer de tus sueños. Qué bueno tener la oportunidad de estar pegadito, la cabeza de ella apoyada en tu pecho, su perfume al alcance de tu nariz, tus manos autorizadas a abrazar, a demostrar todos tus sentimientos, acariciando, sutil pero notoriamente, su cintura. Era una situación única para hablar a solas, hacerle preguntas, conversar mirándola a los ojos, sin interrupciones. Lo bueno de los lentos, es que sonaban con un volumen alto, tanto como el de los “movidos”. Entonces, permitían la excusa ideal de poder hablar al oído, para que escuche, para dejar la boca a centímetros de su cara. Los lentos habilitaban al beso. Eran una llave mágica y efectiva para “chapar”. No necesitabas ser un maestro de las artes de la seducción, era mirarla, y si ella correspondía la mirada, estirabas apenas la cara apuntando tu boca hacia su boca, y asunto terminado.

Daban información: te permitían saber mucho de tus chances con la chica en cuestión. Lo primero, era ver cuánta distancia te imponía. Si ella no lo tenía del todo decidido, o si no quería saber nada, los brazos eran dos estacas que la mantenían lo más lejos posible. Pero si en cambio te aceptaba, flexionaba los codos permitiendo que los cuerpos se juntaran, y eso ya te daba luz verde.  Sin embargo, no todas las señales eran definitivas. Muchas chicas te marcaban distancia, porque querían que vos hagas tu mayor esfuerzo para ganártelas. Entonces, uno debía insistir: empezar a hablarle con un tono lo suficientemente bajo como para que ella necesite que te acerques para escucharte. Otro truco era mirar alrededor, en la pista seguro había parejas que se besaban abiertamente. Si tu chica lo notaba, iba aflojando de a poco… El mirar a los otros, debía acompañarse con un segundo movimiento: tenías que presionar para que ella sintiese que tus brazos la atraían hacia vos, hasta que su resistencia  “separatista” se venciera ante tu impronta de imán humano.

Los lentos para ELLAS
Romanticismo vs. Bochorno. Bailar con el chico que te gustaba era un momento de película, pero estar con un tipo que no, hacerle la pata a tu mejor amiga para que baile con “el lindo”, o quedarte sola en el momento de los lentos haciendo de cuenta que igual la estabas pasando rebién, era un momento bochornoso. No necesariamente estabas sola porque no te sacaran a bailar. A veces sucedía que vos querías que “él” te saque a bailar y no “otro”. Entonces reservabas ese momento hasta que ese chico, el más lindo de todos, ese con el que todavía no hablabas, decidiera acercarse y buscarte.

Lenguaje corporal: ¿pasamos a la fase dos, o no? Si con quien bailabas un lento era el chico con el que querías estar, todo era mágico. La música parecía haber sido compuesta para la historia que estaba comenzando entre los dos... sus ojos buscaban los tuyos, su perfume riquísimo te envolvía, su mano suave pero firme te empujaba contra su cuerpo en movimiento y el resto del mundo desaparecía por completo. Era la antesala de un noviazgo, bailar lento un par de veces, era el inicio de una relación que podía prosperar.

Ellos pensaban que bailar era mover un pie para un lado y otro para el otro, nosotras sabíamos que eso no bastaba. Que el cuerpo entero del hombre que teníamos al frente hablaba. Nos fijábamos en su aliento, en la contextura de sus brazos, en el ritmo con el que nos llevaban, en lo que decían, si es que hablaban o no, de qué hablaban, cómo se reían... evaluábamos todo.

Igual, ellos aprovechaban el momento para intentar todo tipo de artimañas para acercarse a nuestra boca. Y algunos no interpretaban las señales. No bastaba alejarlo con los brazos duros, mirar para otro lado buscando alguna amiga que te salvara de ese momento, o poner la cara más amarga que hubieras ensayado, ellos insistían.

Del lento al reservado… Y si cuando ellos insistían nosotras nos dejábamos convencer, el siguiente nivel de la relación, o de la temperatura de la noche, era aceptar ir al reservado. “Vamos a sentarnos”, decían ellos en el momento oportuno. Descolgaban tu mano de su cuello y tomándola te indicaban que los siguieras, enfilaban para el reservado y nosotras nos ruborizábamos un poco.  En el reservado la música sonaba aun más fuerte, y no había otro lenguaje más que el de los besos. De los besos que te dejaban los labios paspados, donde entrabas a un sueño del que te despertabas con las luces blancas de los tubos, que indicaban que los lentos habían terminado y que era hora de volver a la tierra.

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