?>
Ocio

Arduh: Al tango le debo todo

Jorge Arduh se despide de los escenarios, hoy y mañana, en el Teatro del Libertador. Las entradas están agotadas para los dos conciertos.

Jorge Arduh tenía la ilusión de tener un piano de cola y lo tiene en el living de su casa de barrio Juniors, la casa que compró en 1961. Ahí llegó con su esposa Ema, luego de vivir en una habitación que construyeron en los fondos de la casa materna de ella. Pasaron 10 años hasta que Jorge pudo cumplir el sueño de tener su techo propio. “Nunca pensé en el dinero, siempre pensé en la música... por suerte me fue bien, el dinero llegó y podemos pasar una vida sin problemas económicos”, relata en el final de la charla, junto al piano, un Rönisch que compró en Santiago del Estero. “Habrá sido en el ‘70, estaba en Santiago y un amigo me llevó a comer empanadas a la casa de su futura suegra”, relata y agrega: “esta señora tenía un piano y me dijo que quería venderlo, para poder terminar su casa. Pedía 300.000 pesos, en plata de esa época”.

Entonces, recuerda que no pudo con la tentación y se sentó a tocar: “‘Este piano es para mí’, fue lo único que pensaba mientras tocaba”. Ya de regreso a Córdoba, llamó a aquella mujer y le dijo que tenía un comprador para el piano. “Como tenía que seguir de gira al sur, le di 250.000 pesos a mi mujer, para que vaya a Santiago a comprarlo, y justo se dio la casualidad de que de Tucumán venía un camión de la casa Aguad, y me trajeron el piano a casa”, relata con precisión. ¿Queda claro que era su ilusión tener un piano de cola?

Para los ensayos tiene otros dos pianos, que no son del mismo porte pero igual meten “ruido”. ¿Ruido? ¿Qué pensarán los vecinos? es lo que uno se pregunta. El que tenga un vecino músico debe saber de qué se trata, pero en Juniors está todo bien con Arduh, a tal punto que este viernes convidará a los vecinos de la cuadra con una fiesta en la que también sonarán tangos, en vivo y a cargo del maestro.

“Al tango le debo todo, incluso le debo el haber conocido a mi mujer”, dice antes de arremeter contra las teclas. “Nos conocimos en Atenas, en una noche que tenía actuación. Cuando la vi, dije ‘no se me escapa’ y acá estamos, llevamos 57 años de casados”.

Eran los finales de los ‘40 y los clubes hoy tradicionales del cuarteto abrían sus puertas para los tangos. “Estaban Atenas, El Trébol y el Deportivo... ahí tocaban las orquestas de tango”, señala.

Antes de este relato, hubo una charla con este pianista de 85 años que se despide de los escenarios, hoy y mañana, en el Teatro del Libertador. Ambas funciones serán a las 21.30 y ya no hay entradas disponibles. Entre las dos noches se vendieron 1.800 boletos.

–El tango es patrimonio de la Humanidad.
–¿Por qué? porque se lo merece. Yo que he viajado mucho por la Argentina y en el extranjero he visto cómo la gente ama el tango. Especialmente en Japón, donde actuábamos dos meses por año, vimos que les encanta. Allí hay muy pocos latinos y cuando ven a un argentino de inmediato dicen ‘¡tango!’. El tango es muy reconocido y muy querido. Y nosotros debemos seguir apoyando el tango. Es como si la gente, la juventud, se alejara un poco del tango... y no es así. Tienen que volver un poquito al tango más tradicional.

–¿A la orquesta típica?
–A la orquesta típica y olvidarse de lo electrónico, de esas cosas. Claro que el piano es muy difícil de mover... en el fondo tengo dos pianos y los llevaba a todos lados porque no siempre están afinados los que hay en los lugares a los que vas. Todo ese trajín durante 60 años, de llevar piano, sonido... hasta llevaba un acordeón porque hacíamos ‘característica’. Todo eso se siente a los 85 años, y además ya quiero dedicarme a mi señora, que es una mujer muy especial, una maravilla de señora.

Aquí, un párrafo aparte para Ema, que no quiso salir en las fotos y que dejó pendiente el secreto de su excelente café árabe.

–¡La paciencia de los vecinos con el ruido que habrá metido!
–Seeee...

–Bueno, estos dos conciertos son la despedida definitiva.
–Sí. La primera la hice en el Festival de Tango de La Falda, con una ovación... Fue una cosa muy especial. En el penúltimo tema la gente pidió que nos paráramos todos los músicos... pareció como si se hubiera abierto el techo y hubiera una tormenta eléctrica, por la cantidad de flashes de las cámaras. Subieron cuatro personas de Frías, Santiago del Estero, y nos entregaron unos presentes... Todas mis giras por el norte terminaban en Frías, así que los conozco como si fueran hermanos. Me abrazaron y lloraron; me quebré, me hicieron llorar. Toqué la última pieza y la gente pedía otra más, pero me fui, no podía más.

–¿Cuál fue la última?
–La cumparsita... y me fui porque me sentí mal, mi hija me dio un vaso de agua.

–Ahora ¿después de tantos años frente a un piano, qué hay que hacer en un ensayo?
–Este es un ensayo muy especial... la orquesta ya está ensayada desde La Falda, pero en esta ocasión he agregado músicos. La orquesta va a tener cinco bandoneones, cuatro violines, viola, cello, contrabajo, piano... cuatro cantores y dos parejas de baile. Siempre hay que ensayar. A pesar de que yo escribo todas las orquestaciones, yo mismo me estudio la parte que me toca, la repaso y a veces le ‘cargo la tinta’ al piano, y me olvido de que tengo 85 años y que no tengo la técnica que tenía a los 50. Voy a hacer dos tangos de Piazzolla, porque lo admiro, fue una persona revolucionaria del tango. Un tango de Bardi o de Frecedo me cuesta más que orquestar un tango de Piazzolla. Están tan bien escritos que usted lo único que tiene que hacer es repartir las partes y nada más. Fue un fuera de serie... una lástima haberlo perdido.

–¿A los músicos sería lo que es Gardel a los cantores?
–Sí, sí.

–Otra cosa, que a lo mejor no tiene nada que ver, ¿sufren mucho las manos cuando toca?
–No. Nunca tuve dolor de manos, jamás. Aparte de tener manos fuertes, he estudiado mucho, he estudiado siempre e inclusive toco todos los días. Sí sufro el frío en las manos, mucho. Generalmente, llevo un frasquito con diadermina y antes de tocar siempre me pongo porque necesito tener las manos un poco húmedas. Si tengo las yemas de los dedos húmedas, me siento mejor para tocar. En Japón, una mañana fuimos a tocar para una escuela; porque eso es lo que tiene de bueno Japón: le hacen escuchar tango a los alumnos secundarios; y hacía mucho frío... entonces me trajeron una bolsita que no sé qué tenía y me calentaba las manos enseguida. Ellos tienen de todo, para mí Japón es el súmmum, mire que fui a Italia, España, Estados Unidos... pero en Japón parece que todo es nuevo, que todo se estrena, todo está limpio. Y además, el cumplimiento del horario: allá las 3 de la tarde son las 3 de la tarde.

Sumate a la conversación
Seguí leyendo