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Amigos, hasta el sábado

Belgrano-Instituto. A Becerra, de la B, y a Croce, de la Gloria, los une un lazo de amistad que nació en Tiro. En el clásico, serán rivales.

Juguetea el rostro de Nico Croce. La risa es una de las principales características del santafesino. Día a Día lo intercepta en la salida del entrenamiento de Instituto y no duda: “¿Con ese? Dejá... Mejor me voy a mi casa?”, amenaza, mientras baja camino al vestuario.

Se aleja la voz de Leandro Becerra en el teléfono. Suena como si estuviera a punto de enojarse por el llamado. “¿Con ése? No, no. Hago la nota con cualquiera, menos con el petiso”, arremete, antes de una sonrisa que calma esa (linda) locura innata, que todos le marcan como un rasgo inagotable de su personalidad.

El tiempo le ha quitado un par de hojas al calendario en las vidas de Becerra y Croce. Un puñado de meses atrás, compartían día y noche. Allá lejos queda esa Rosario donde empezaron a forjar una amistad que hoy está latente, pero en Córdoba. Con la misma intensidad, pero en distintas veredas.

“Yo llegué a Tiro y ya estaba el Enano (por Croce). Entré al grupo, por mi forma de ser, y más que todo con él. Me fui a vivir a un departamento a la vuelta del suyo. Me ayudó un poco y le di de comer, que le faltaba (risas). Ahí nomás establecimos una relación. Aparte, había un gran grupo humano en Tiro Federal. Ahí, teníamos un sub grupo, con los más chicos, donde nos llevábamos bien. Y con Nico, hubo onda de entrada”, recuerda Chucho.

De la mano. El volante de Belgrano y el enganche de Instituto dieron el salto hacia la Docta de la mano. Era una oportunidad exacta para ambos. El instante justo para trascender con la pelota en los pies, otro sueño que comparten. “Cuando sentí que se nombraba al Enano para venir a Instituto, agarré el celular y le dije que no lo dudará y que hiciera lo imposible por venir a Córdoba. Acá era un mundo distinto a lo que estábamos acostumbrados en Tiro. Él estuvo siempre allá y yo siendo cordobés conocía bien lo que era este fútbol, le dije que se venga”, rememora el volante por izquierda del Pirata.

Nico escuchó atentamente el consejo y luchó durante un mes contra la directiva de Tiro para que el pase hacia la Gloria se realizara. En Córdoba lo esperaba un nuevo desafío, y un amigo. “Estoy feliz con este presente. Chucho fue de los primeros que me dijo que venga a Córdoba. Él sabía las cosas que había pasado yo y cómo estaba. Cambiar de aire me iba a hacer bien y creo que me hizo bien. Aparte, compartir esto… un clásico con él de rival, que lo considero un amigo, que nos unimos mucho en ese tiempo que estuvo en Tiro, es más que importante. Por ahí, en Rosario no había muchas expectativas y venir a Instituto, donde hay mucha gente, donde la presión es linda, donde te fortalecés y crecés en lo futbolístico, ha sido muy bueno para mí”, remarca Croce, quien se muere por volver a casa a ver a Brian, su hijo de cuatro años. “Acaba de empezar el jardín. Es un demonio y, encima, es zurdo”, se babea.

Amigos, siempre. Antes del encuentro en la redacción de Día a Día, Croce y Becerra comparten un diálogo teléfono. “¿Ya estás allá? Nosotros debemos estar por llegar”, tira el Enano, mientras pregunta al chofer en qué punto de Córdoba se encuentra. “Si me largan acá me pierdo, esto no es Rosario, Chucho”, le cuenta. Croce cruza la puerta de cristal del diario y encuentra a su amigo sentado en un sillón negro.  Entonces, el abrazo.

Hay una charla de fútbol de por medio. Un partido (Belgrano-Instituto, el sábado, a las 19.20) y, después, su intimidad. “Todavía me debés el asado por el clásico del verano (ganó Belgrano 1-0)”, reclama Chucho. “Sí... Pero nunca va a ser como el pollo al disco que hace tu viejo. Impresionante”, remata Croce.

Se miran a cada instante. Las fotos los encuentran sonrientes, plenos. “Lo ganamos nosotros, 2-0. Tienen miedo”, chicanea Becerra. “Ni soñando. El sábado es nuestro”, devuelve Nico. Aparece el último abrazo y el “hasta el sábado”. ¿Hay algo más lindo que el fútbol? Sí, la amistad.

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