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Ocio

Almohadas como armas de un combate íntimo

Universitarios se descargaron a los “almohadazos” en el parque Sarmiento.

Por Alejo Gómez

Parecían amantes violentos. Libertinos descargando su impotencia contra los cuerpos como lo hiciera Madame Bovary, el personaje del francés Gustave Flaubert. Fue un desenfreno hasta casi erótico por el sudor, los alientos, los jadeos y las miradas impiadosas. Casi un centenar de jóvenes universitarios chocó con las almohadas en mano y ese choque sonó a chasquido de piel, a roce íntimo. Hubo golpes, sí, pero la tela de almohada, más que dolor, produce cosquillas. De allí lo íntimo.

Excepto que ayer, esa intimidad fue pública. La almohada, extensión imprescindible de la cama como símbolo del juego de cuerpos, ejerció de general dadivoso en una guerra colectiva en la que el parque Sarmiento fue una habitación gigante. Y si estos generales se consideran clave en esas miradas que, puertas adentro, se acercan hasta jugar al cíclope, entonces los soldados universitarios hicieron el amor de pie. Fueron dos tandas de cinco minutos de desenfreno, de aquella fiesta de piel a la que, en cierto modo, se refería la poetisa Clara Beter. Cruces de miradas, promesas de caricias fuertes, tal vez hasta de abrazos transpirados una vez que acabaran los golpes íntimos.

La revista Doctámbulos, al igual que hace un año, organizó esta guerra de almohadas estrujadas en la que nadie, ni siquiera los que no participaron pero estuvieron al acecho, tiene un aura puritana.

El sol empezaba a caer y la primavera estaba más ardiente que nunca. Antes de sonar las cornetas de largada, algunos estudiantes se prodigaban adjetivos dulzones y otros, más bien impúdicos, prometían ataques engañosos. Los sonidos de los “almohadazos” descargaron la mufa, pero era imposible no adivinar, entre tantas risas, que varias batallas recuperarían la intimidad original de habitación ya entrada la noche, con menos golpes pero no por eso menor intensidad. A medida que chocaban con los cuerpos en movimiento, las almohadas fueron rindiéndose, perdiendo sus entrañas de pluma que quedaron repartidas en el suelo del campo de batalla.

Aquellos soldados que perdieron sus armas no tuvieron consuelo: recibieron golpes de castidad en la cara, el cuello, los pechos, el abdomen; pues nadie tuvo perdón en este desfile desvergonzado.

A juzgar por las expresiones del final, en esta guerra fueron todos vencedores. Agotados, por qué no confusos, pero satisfechos de esta gran orgía de fundas de tela.

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