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Córdoba

Los hijos de los fusilados

Sus padres fueron presos políticos en San Martín y fusilados por la dictadura. Este año llegaría el juicio por las 29 muertes de la UP1.

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Por Anónimo (not verified)

Los congrega ese edificio. Ese edificio maldito del que sus padres salieron para morir. Ese edificio centenario que esconde más tragedias que redenciones. Ése que supo albergar la barbarie y el descontrol.

Los congrega ese edificio bendito. Ése que sienten propio y al que quieren salvar de la dinamita y la topadora. Ése que está cargado de sentidos. Ese edificio que es el símbolo más cruel y más digno de la militancia y de la lucha.
Son los hijos de los 29 fusilados de la Penitenciaría San Martín. Los mismos que el año pasado festejaron la elevación a juicio de una causa eterna y que esperan que 2010 sea finalmente el año de la justicia.

¿Qué tenían en común esas 29 víctimas del fusil cuyas muertes fueron comunicadas como si se hubiesen tratado de intentos de fuga?
El que responde es Martín Mozé. Su padre, Miguel Ángel “El Chicato” Mozé, fue asesinado junto a otros cinco presos políticos el 17 de mayo de 1976: “Creo que todas las víctimas de la UP1 eran militantes populares. Hacían actividad política en los barrios, en los sectores populares.

Eran militantes asumidos, líderes visibles y conocidos, no andaban con una militancia clandestina. Toda era gente comprometida, y creo que el terrorismo de Estado apuntó a ellos como la forma de aniquilar la capacidad de lucha popular”.

La charla se da a las puertas de la Penitenciaría San Martín, la vieja UP1, y a pocos días del aniversario del Golpe del ‘76. Completan la ronda Juan Miguel Ceballos, Mariana Baronetto, Hugo Vaca Narvaja y Constanza de Breuil, todos hijos de fusilados, a quienes se agrega también una partícipe más: Verónica Maggi, fotógrafa de Día a Día. Su madre, Mirta Abdón, también está  en la lista de las asesinadas. “El plan sistemático de eliminación era ése”,  completa Miguel Ceballos.

“Nuestros padres estaban presos desde antes del Golpe y ya en esa época el poder político tenía un plan sobre lo que sucedería, y del mensaje de terror que lograrían proyectar”, sostiene.
 
Ser los “hijos de”. La sensación al escucharlos es que detrás de cada uno de esos chicos, que ya son grandes, hay más de una historia de vida. Que ellos son ellos, pero también son la tragedia de sus padres. Que hasta la eternidad nunca se librarán de ser “el hijo de…”, fusilado en San Martín. ¿Será un orgullo, una carga o un reproche?

“Creo que es un legado. Esa relación de parentesco a uno lo marca de por vida”. El que responde es Hugo Vaca Narvaja, hijo de fusilado y nieto de desaparecido. “No hay forma determinada de decir en qué medida, pero creo que para cada uno de nosotros representa un dolor pero también un orgullo continuar con esa línea ideológica que marcaron nuestros padres”.

Un año antes de morir, su padre, Miguel Vaca Narvaja, había escrito en su agenda: “Hay un momento en nuestra vida en que es preciso tomar una decisión, sea para olvidar nuestros sueños resignándonos a la mediocridad, sea para arriesgarlo todo en el sentido de realizarlos”.
Coti de Breuil aclara que lo vive de costado, porque tiene a su padre vivo, Eduardo de Breuil, a quien le hicieron presenciar el fusilamiento de su hermano, Gustavo. Por eso también vive ese dolor tan cercano y se le humedecen los ojos en cada respuesta. “No creo que se hayan puesto la meta de morir –reflexiona–. Ellos soñaron con otro país, pero vino el Golpe y la dictadura se los impidió”.

Con el corazón abierto, Martín Mozé admite que no siempre se siente lo mismo. “Todos pasamos por una etapa de reproche hacia nuestros padres, por no haberlos tenido. Es algo que sentís”, se sincera. Pero en el acto destaca la importancia del grupo, para compartir esas sensaciones y darle sentido. “Es complejo y creo que es necesario procesarlo entre todos, porque no siempre estamos en la misma etapa y es así como nos ayudamos”, cuenta Martín.
 
Complicidades. En la causa que probablemente se lleve al estrado en la segunda mitad del año, estarán sentados como acusados nada menos que el ex dictador Jorge Rafael Videla, junto a Luciano Benjamín Menéndez y a toda la cúpula sobreviviente del Tercer Cuerpo de Ejército de los años de plomo. También estará la patota del D2, incluyendo al “Tucán” Yanicelli, y hasta un médico del Servicio Penitenciario.

Faltan naturalmente las complicidades de la Justicia, fundamentalmente el juez Adolfo Zamboni Ledesma, ya fallecido, a cuyo cargo estaban la mayoría de los fusilados. 

Para Hugo Vaca Narvaja, la Causa UP1 es “paradigmática”, al sostener que allí se demuestra “la colaboración que hubo entre los distintos actores de la represión”. Y entre esos actores no duda en incluir a la Justicia “que autorizaba traslados que después terminaron en fusilamientos”. Sobre ese punto no quiere dejar abierta la duda: “Te van a decir que no conocían lo que pasaba. Lo pueden decir sobre el primero o el segundo fusilamiento, pero cuando ya vas por el cuarto o el quinto, se vuelve un absurdo”. “Aún queda por determinar quiénes fueron los autores intelectuales, aunque la Justicia no esté en condiciones de investigarlo porque es algo que supera a la institución misma”, agrega.

Miguel Ceballos le sigue el hilo: “Los militares solos no hubieran podido llevar adelante semejante carnicería sin esos apoyos. Por eso es que no sólo hay que demostrar ‘qué’ fue el Golpe sino ‘para qué’ fue el Golpe”.
 
Memoria para transformar. Siguiendo esa pregunta es que interviene Luis Miguel Baronetto, ex preso político a cuya mujer Marta González fusilaron el 11 de octubre del ‘76. “En esa pregunta y en tantas otras que nos hacemos es que está el verdadero sentido de la memoria”, dice el actual director de Derechos Humanos de la ciudad. “¿Memoria para qué?”, se pregunta. “No es una memoria para mirar hacia atrás y quedarse en la foto. A la memoria la mantenemos viva para transformar la sociedad”, postula.

Hoy a esa transformación la defienden muchos de estos hijos comprometiéndose con las luchas de la actualidad. Coti de Breuil cuenta que han dado apoyo a una agrupación llamada “Alegría ahora”, que trabaja en la educación, capacitación y formación de presos.

Para estos hijos, la figura de los presos actuales es una oportunidad para devolver de algún modo las increíbles ayudas que sus padres, los fusilados, recibieron de los presos comunes de aquel entonces. “Es increíble pero durante todo ese cautiverio hasta la muerte, las únicas muestras de humanidad que recibieron fueron de los presos comunes”, se asombra Miguel Ceballos.

Martín Mozé agrega que “la lucha de ayer era también por los sectores desplazados, y vemos cómo hoy se repiten esas mismas realidades”.

Juicio sin fecha. Hoy, una de las grandes preocupaciones de este grupo de hijos y familiares es el hecho de que la Justicia aún no ha fijado fecha para la iniciación del juicio. Baronetto expresa el temor de todos por las claras: “Por más que no haya imputados, en este juicio se van a ventilar muchas miserias de la Justicia. Por eso es un juicio que no le conviene a nadie”.

Salvar el edificio.

Dos años atrás, la provincia comenzó a mirar con “cariño” las seis hectáreas que ocupa la Penitenciaría San Martín. Allí creyeron encontrar la fuente de financiación para pagar la construcción de cinco nuevos módulos carcelarios en Bouwer.

Pero esa avanzada, aprobada por la Unicameral, terminó topándose con la oposición de la Comisión de Homenaje a las Víctimas de la UP1. “Primero, es por una cuestión procesal. No se puede demoler un edificio que fue escenario de dos de las 29 muertes que se van a juzgar.

Sería destruir caprichosamente pruebas y escenarios importantísimos”, razona Miguel Ceballos. Pero él y sus compañeros saben que ésa no es la razón de fondo. “Éste es un espacio de memoria que es necesario preservar”, dice el mismo Ceballos. Martín Mozé sostiene que “es parte de la cultura del barrio que se formó en torno a la cárcel”, y sumándose a la argumentación anterior, considera “es necesario preservarlo de los negociados inmobiliarios y dejarlo para la gente”. La comisión imagina a la vieja cárcel convertida en sede de los organismos estatales o sectoriales de derechos humanos, pero también cree que se puede integrar como un centro cultural, talleres de oficios, o espacios de formación.

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